Hace unos meses se cumplió el centenario del nacimiento de Carmen Amaya, la más grande bailaora de la Historia. En artículos anteriores he podido resumir la Historia de la Guitarra Española y también la influencia de la Jota Aragonesa en todos los estilos musicales y de danza en la Península Ibérica. Una fecha importante será 1850, cuando se diseña por enésima vez la Guitarra, que será la penúltima “versión” hasta que en el siglo XX se construye el instrumento definitivo y que todos conocemos. A finales del siglo XIX, con un instrumento dotado de más resonancia y con mucha más facilidad de aprender de los grandes maestros, se desmarcan estilos ya muy definidos, siendo el Flamenco el que gana en toda nuestra geografía una gran afición, vinculándose a la Fiesta Española, la del Pasodoble y los Toros.

A principios del siglo XX surge en Madrid el estilo Flamenco a Guitarra que marcará la pauta a seguir hasta hoy en día. Pero en lo que a Danza se refiere, surgirá paralelamente la figura de Carmen Amaya, en Barcelona, una bailaora que marcará época, sin duda la más grande bailaora de Flamenco de la Historia, con un estilo propio que rompería todas las formas y traspasaría todas las fronteras, convirtiéndose en la primera artista española de talla Universal del siglo XX, y situar al Flamenco en lo más alto y apreciado del panorama artístico internacional.

Para que surja una figura tan “evolucionada” y perfecta en todo lo que hacía, debemos tener en cuenta la importancia del entorno cultural donde se desenvuelve la pequeña Carmen Amaya. Desde siempre se vincula el Flamenco con la etnia gitana y en numerosas referencias se tiene constancia histórica de que ya, a finales del siglo XVIII, las aportaciones de dicha etnia se van registrando en el estilo incipiente. Su contribución artística será más relevante en lo referente a la danza que a la música en sí, formando parte, durante el siglo XIX, de una costumbre arraigada, configurando poco a poco los distintos estilos de bailes flamencos conocidos hoy en día.

El baile por sevillanas, por ejemplo, nota claramente la influencia de la Jota, y podemos decir que es un baile más primitivo y popular, en cambio “por bulerías” se aleja de dicha influencia y podemos decir, sin equivocarnos, que resulta un baile más evolucionado y moderno. Si a eso sumamos la protección del Rey Carlos III (a finales del XVIII) y su permiso para establecerse en zonas determinadas de las poblaciones, tenemos que en los grandes núcleos urbanos la costumbre gitana trasciende y se intercambian influencias, sobre todo en las dos grandes urbes de Madrid y Barcelona, donde se convierten por primera vez en espectáculos multitudinarios desde finales del XIX. Por supuesto, encontraremos excepciones de numerosos espectáculos en otras poblaciones españolas en esos tiempos, pero la mayoría itinerantes, siendo las plazas de Madrid y Barcelona “fijas” y meta de los artistas que quieren triunfar (como ocurre también en todas las demás artes).

Carmen Amaya nace sobre el año 1918, probablemente en Noviembre, aunque no se guardan registros de la etnia gitana hasta mucho más tarde, siendo así aproximada su fecha de nacimiento. Con tan sólo 4 años de edad acompañaba a su padre “a tocar” por Barcelona, su ciudad, y mientras él rasgaba la guitarra, ella bailaba y pasaba el platillo, en una improvisación de movimientos que fue perfeccionando con la práctica continuada y un talento innato que “se lleva en la sangre”. Simplemente por su instinto de observación y el sentido del ritmo, fue configurando un repertorio de danza que dejaba atónitos a todos los observadores. Ya desde su más tierna infancia se le conocía como “La Capitana”, precisamente por desarrollar un temperamento explosivo en sus bailes. Debutó en los teatros con tan sólo 6 años y con 11  ya actuaba en los locales más importantes de Barcelona, como El Paralelo. Se dice que El Chino, su padre, la vestía algunas veces de chico en sus viajes para no levantar críticas ni suspicacias, de ahí vestirse con pantalones, aunque no está comprobado. Poco después París se quedaría alucinada con su arte y llenaba los teatros durante muchos días consecutivos. A raíz de dichas actuaciones, en 1929 participa en el rodaje de su primera película: “La Bodega”, de las catorce en que participaría, casi una decena como protagonista que se sepa.

En esa década de los años 20s coincidió varias veces con la artista española entonces más internacional, Raquel Meller. Su consagración a nivel nacional sucedería en la siguiente década, pues ya salía de gira cada año por toda la geografía desde 1930. Triunfó en Madrid ya de manera definitiva a mediados de la década en el Coliseum. Figuras como La Niña de los Peines, Manuel Vallejo, José Cepero, Pastora Imperio (también bailaora), Niño Ricardo, Ramón Montoya y Sabicas, indiscutibles guitarristas y cantaores, serían clave para el engrandecimiento y creación del Flamenco Moderno, y fueron artistas que participaron en multitud de ocasiones con la “niña prodigio” Carmen Amaya por los escenarios. También coincidiría con la gran Conchita Piquer, cuya voz sería la primera registrada en la Historia del Cine, según comunicaba la Casa Blanca hace unos años. También compartió escenario con el gran cantante de copla Miguel de Molina. En ese año 1935 protagonizó junto a Pastora Imperio, nada menos que con participación de Luis Buñuel, “La Hija de Juan Simón”. Se sabe que toda la corriente surrealista estaba «enamorada» de Carmen: Buñuel, Dalí, Miró, los franceses Breton, Duchamp, y los de otras dimensiones, como Picasso, más un largo etc. de artistas que confluían en la París de principios de siglo XX.

En 1936 protagonizaría su primera película, “María de la O”.

Cuando en España se gestaba la terrible Guerra Civil, Carmen Amaya comienza su conquista de las Américas, previo paso por Portugal. Dos anécdotas marcan su entrada. La primera sería el veto a su pase de entrada a Estados Unidos por su analfabetismo, algo que resolvió aprendiendo en unos días lo básico para ser aceptada. La segunda sería tras su llegada, pues adoptó un nuevo “talante” y «look» en sus actuaciones, quizás inspirada en las “cow-girls” americanas, que cabalgaban con unas perneras especiales, e incluso algunas con pantalones en público, algo que en Europa y en las urbes americanas sería impensable para una mujer de ese tiempo. Carmen bailaba en privado muchas veces en pantalón largo y chaquetilla al estilo decimonónico, algo que realzaba las distintas figuras que iba formando durante la danza, pero también se requería bailar perfecto, pues se hacía notar claramente las carencias (de haberlas).

Las imágenes más antiguas de Carmen bailando con pantalones datan de sus primeras intervenciones en el cine de Broadway y Hollywood (sobre 1941), aunque lo más probable es que ya adoptara dicho look unos años antes. Por otra parte, otros biógrafos aseguran que vestir pantalones se debe a su primera visita a Argentina y por el mismo motivo, pues las “gauchas” también solían vestir perneras para montar a caballo en público. La verdad es que no se inspiró ni en una ni en otra costumbre americana, pues en Barcelona ya bailaba en privado así antes de sus giras americanas, aunque bien es cierto, ambas costumbres americanas la animaron a usarlos en sus actuaciones. No sólo consiguió embelesar al público por sus movimientos ahora más definidos visualmente y que solía tapar antes la falda, sino que sería pionera del “feminismo” en su época, reivindicando los derechos de la mujer, al menos en lo que a estética se refiere. Se adelantó en casi una década a la controvertida Catherine Hepburn.

La Capitana en 1941 –Hollywood

Las anécdotas de sus giras americanas se pueden contar a centenares, pues trabajó durante 11 años consecutivos y con gran éxito, algo que pocos artistas en el mundo pueden presumir. La lista de personalidades de toda clase social y profesional que conoció es interminable y, aunque voy a mentar algunas, debemos pensar que su fama llegaba a la categoría de “leyenda” por todas las Américas. En el Reino Unido, Francia e Italia se la rifaban cada año para que contratara una gira europea. Despertó una verdadera pasión, una “fiebre flamenca” sin precedentes desde mediados de los años 30s hasta la Segunda Guerra Mundial.

Carmen Amaya es conocida por su baile, pero también cantaba con muy buen gusto, con poderío y arrebato, combinando su voz con una dulzura enternecedora. Curiosamente compró una casa en cada extremo de América: una grande en Argentina, su primer destino americano, y un piso en Nueva York que, junto a la capital Buenos Aires, era capaz de reunir a más de 20.000 espectadores en cada concierto. Pero antes de llegar a Norteamérica recorrió Uruguay, Cuba y México con el mismo éxito, quedándose de giras por Hispanoamérica hasta 1941, año en que debuta en Nueva York para deleite de un público que quedó completamente cautivado por la catalana. El gran director de orquesta Toscanini sería de los primeros en esos tiempos de reconocer su “asombro” ante tanto derroche de talento y fantasía. También el director Stokowski quedó sorprendido, destacando ambos “la maravillosa personalidad de Carmen, todo un diablo sobre las tablas y una bellísima persona fuera de ellas”.

Por esos tiempos de giras por países hispanoamericanos, parece ser que tuvo una relación sentimental con Sabicas, el cual confesó en lecho de muerte que salieron juntos durante 9 años hasta que se distanciaron en México. El éxito en Estados Unidos fue tan fulgurante, que enseguida apareció en todas las revistas y periódicos importantes del país. De Nueva York viajó en numerosas ocasiones hasta Los Angeles para rodar películas en los estudios de Holywood. Dichos estudios se rifaban su participación, aunque el argumento de la película no viniese a cuento sobre el Flamenco. Antes de 1942, año muy prolífico en todos los aspectos, Carmen ya amasaba una gran fortuna y su caché triplicaba la de artistas reconocidas. Por ejemplo Orson Wells le ofreció el triple que a Marlene Dietrich por participar en una de sus películas. Charles Chaplin, Greta Garbo, se suman ahora a las personalidades españolas que la aplaudieron exaltados, como Alfonso XIII más de una década antes (posiblemente en 1929 durante la Expo, lugar donde se dio a conocer masivamente).

Su baile frenético parece parejo a su también frenética existencia. Pocas personas en el mundo han vivido tan intensamente una existencia tan corta, pues Carmen falleció a los 45 años de una dolencia que la acompañó durante toda su vida, una enfermedad de tipo renal que explica en cierto modo su falta de apetito y sus problemas físicos (su extremada delgadez), calmada a base de cigarrillos y mucho café, combinación muy “apropiada” para las espectaculares exaltaciones sobre el escenario, pero nocivas para su salud. De gira por Estados Unidos conocería el interés de Theodore Roosvelt, que fletó el avión presidencial para que llegara a tiempo a una fiesta en la Casa Blanca. Es muy conocida la anécdota de la chaquetilla bordada con oro y brillantes que le regaló, y que Carmen repartió a su vez, cortándola en sucesivos fragmentos, entre su Compañía y familiares. Pero la verdad fue que todos estos personajes influyentes  que fue conociendo, admiraban sus dotes artísticas, pero terminaban de maravillarse cuando hablaban con ella y les transmitía una profundidad de alma como pocas. Si existe “la mirada gitana”, esa mítica gitana cautivadora y de embrujo, Carmen la había heredado con todo su más grande potencial, sin locas excentricidades pero si imprevisibles comportamientos de carácter. Agradaba a todo el mundo y su generosidad no conocía límites. No sólo “colocó” a toda su familia directa de padres, hermanos y sobrinos, sino que se preocupó de numerosos hermanos de etnia, algo que maravillaba ya en un tiempo donde “el derroche” estaba mal visto por un sistema egoísta como es el Capitalista.

“Por Bulerías” de 1961

Su Carrera siguió imparable a comienzos de los 40s. Hasta un joven Marlon Brando le pidió un selfie, porque los astros de Hollywood la consideraban una diva. Desde el 42 sus giras se tornaron extensas, admitiendo ya las invitaciones a Europa, pero volvía a Argentina, pasaba por Sudáfrica y regresaba a Europa, por teatros holandeses, sin tocar España. En París y Londres cosechó éxitos sin precedentes para los artistas considerados “exóticos”. Se sabe que en Londres congenió con la mismísima Reina de Inglaterra, pues la Reina Madre insistió en conocerla un poco más, sabiéndole a poco su saludo y felicitación en el camerino. Dicen los cronistas que ambas altezas reales se llevaron la misma grata impresión en la personalidad de Carmen Amaya que todos sus conocidos. La Segunda Guerra Mundial trastocó un poco los planes de la Compañía. Aunque puede prescindir de los escenarios europeos, ya no se viaja ni el dinero surge tan fácil como antes. Hispanoamérica la sigue tratando como siempre, pero parece que siente la necesidad de “frenar” un poco su fulgurante carrera.

En 1947 decide volver a España después de 11 años ausente. Reaparece en Madrid con el espectáculo “Embrujo Español”. Eso no significó un alto para sus giras internacionales. Al año siguiente actúa en Londres. Seguidamente viaja a Argentina, Italia, Alemania, Francia y otros países europeos, incluidos los del Norte. La década de los 50s fue una lista interminable de éxitos por todo el mundo. En 1959 su ciudad natal Barcelona la homenajea inaugurando una fuente con su nombre, la misma donde bebía cuando era niña. Rodando la película “Los Tarantos” en 1963 le sobrevino una crisis irreversible de su enfermedad renal. El 8 de Agosto, actuando en Gandía (Valencia) paró su actuación y dijo: “Andrés, terminamos”. Tres meses después moriría en el municipio de Bagur, en su Cataluña natal. Escritores, políticos, artistas y numerosa gente anónima acudieron a los sepelios y se le brindaron homenajes y condecoraciones póstumas de todos los estilos. Había fallecido la más grande bailaora de todos los tiempos, una Carmen Amaya irrepetible en todos los aspectos y que será recordada siempre.

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