Los médicos siempre estuvieron considerados como un oficio de tercera, al nivel de las demás profesiones “liberales”, como eran los abogados, maestros de escuela, ingenieros, arquitectos, etc. Prácticamente hasta el siglo XX, solamente en épocas de boyante economía se les reconocía socialmente, ya que la mayoría del tiempo resultaban inútiles y no se les contrataba. Del mismo modo que un barbero oficiaba también de dentista, hasta tiempos recientes todos estos profesionales liberales debían dedicarse a otros oficios remunerados si querían sobrevivir. Por eso, de los últimos 2000 años, sólo encontraremos miembros destacados de la sociedad que oficiaron estas profesiones en los últimos dos siglos, salvo contadísimas excepciones.

Cuando se lee la biografía de personajes influyentes del pasado que hayan contribuido a las ciencias o a las letras, lo más normal es que viniera precedido de un título nobiliario o eclesiástico, y ya luego la profesión por la que contribuyó. Por ejemplo, el Marqués de Villena dejó trabajos interesantes sobre ciencias (ahora considerados como magia), Literatura y diversos apuntes de materias diversas, pero nunca se le conocerá por dichas contribuciones y por desarrollar dichas artes, sino que siempre será conocido por su marquesado y su valor político histórico, relegando sus “aficiones” a algo secundario.

Si seguimos históricamente el desarrollo de la Medicina en cuanto a consideración por parte de la Sociedad, encontraremos siempre que no estaban nada valorados. En cambio hoy en día son respetados y hasta idolatrados por sus logros científicos, por el agudo sentido del diagnóstico y el acertado tratamiento de las dolencias y enfermedades en general. Son los que mantienen nuestro estilo de vida, mucho más longevo que hace solamente cien años (algo que dudo porque no existen estadísticas que lo demuestre). Por ejemplo, hace un siglo más del 20 % de las mujeres que daba a luz no superaban el parto, y la mortalidad infantil superaba el 40 %. Desde que Christian Barnard trasplantó el primer corazón en 1967, los médicos son “dioses”. Hoy en día sería impensable enterrar al médico junto al paciente que no supo curar, como se solía hacer en numerosas culturas antiguas, incluida la nuestra (perdón por la ironía de mal gusto).

Los que siguen los culebrones tipo House, The Good Doctor o Anatomía de Grey, que incluso se familiarizan con la jerga médica, sufren dos efectos contrarios. En el primero se sienten identificados con los personajes pues “los médicos bajan a la Tierra”, son humanos y sus existencias son similares a las nuestras, con las mismas necesidades que todos. “Errar es de humanos” y se les puede perdonar un mal día. Pero por otro lado percibimos que esa impresión de que “esa profesión nos trata como a borregos” no es tan descabellada. Deben convivir con la derrota y se han especializado tanto que, con tal de “curar” la dolencia dada, poco les importa si morirán mañana por otra. Son “ganadores de tiempo”, sabiendo que todos vamos a morir; procuran alargar la vida, no curarla, pues son conscientes de que resulta imposible conocer todos los mecanismos de cada uno de nosotros y que algo puede fallar a corto/medio plazo. Por eso casi siempre muestran rostro “pesimista” y diagnostican a la larga, aunque su intervención haya sido satisfactoria. Por ejemplo, vas con un brazo roto y te encuentran un tumor en el bazo que ni te molesta ni tiene mayor importancia, pero si mueres a corto plazo siempre tendrán la razón de su parte, pues no mueres por el brazo (aunque haya sido así), sino por otra dolencia diagnosticada y no tratada todavía (debiste ir antes al médico familiar, dicen).

“El protocolo” es importante. Existe un protocolo para todo y una ética para las actuaciones, similares a las de otras profesiones, como la confidencialidad médico-paciente, por ejemplo. Posiblemente el protocolo médico sea de los más antiguos, pues todavía cuelgan en muchas consultas el Juramento Hipocrático, y no el de Galeno porque sus remedios hoy en día rozan el homicidio involuntario, pero que estuvo en vigor durante siglos. Existen tantos detalles a tener en cuenta desde que entra un paciente por la puerta de la consulta, hasta que recibe el alta y se encuentra en casa “curado”, que se necesita de varios “asesores” para comprender dichos protocolos. Ahí entra lo más delicado de todo el proceso: el Tratamiento, sea en la clínica o en casa, pues el médico se desvincula del paciente y todo queda en manos de la otra rama científica, que se supone trabaja para los médicos, pero que son los que se llevan los méritos y el dinero: la Farmacéutica.

Hasta hace un siglo (y mucho menos fuera de los ámbitos urbanos), el paciente no iba al médico sino que éste visitaba al paciente en su casa. Llevaba un maletín “mágico” y diagnosticaba sin ayuda externa más que su estetoscopio. Portaba además un puñado de pastillas y drogas prácticamente “curalotodo”. Al Hospital solamente acudían los “verdaderos enfermos”, las personas que no se podían tener en pie y sus enfermedades podían ser contagiosas o difíciles de diagnosticar y tratar (cirugía). Las boticas preparaban in situ cualquier compuesto que el médico recomendaba. Hoy en día, la industria farmacéutica es de las más lucrativas del mundo y los beneficios superan al de cualquier otro oficio, siendo los mismos elementos químicos que hace 100 años, siendo la Medicina la que ha permitido su mayor consideración, a pesar de que el mundo vegetal que nos rodea, por ejemplo, posee los mismos principios básicos que lo vendido en comprimidos. Un trabajador vinculado a la Farmacéutica, de cualquier nivel, obtiene más beneficios que un médico de misma categoría laboral. ¿Curioso no?

Ahora en serio, quitando las intervenciones quirúrgicas, que reparan o sustituyen daños en nuestro cuerpo, la inmensa mayoría de los tratamientos son placebos, es decir, que el paciente se cura o se muere solo. Siempre ha sido así y siempre lo será. Los médicos ganan tiempo (observación lo llaman),  arrancan tres o cuatro días hasta que la enfermedad remite o por el contrario termina con el paciente. Si ocurre esto último, lo llaman cáncer y todo queda dentro del “protocolo” que ha creado este oficio. Curiosamente, todas las empresas de reparaciones han evolucionado del mismo modo. Antes llevabas un coche o un televisor a reparar y te reparaban el carburador o un transistor-chip del televisor. Desde hace unas décadas si se estropea algo, directamente sustituyen la pieza que falla o simplemente te recomiendan que compres otro automóvil o televisor. Así ha evolucionado la Medicina, ¿o quizás fue la primera en usar dicha praxis?, desde 1967 al menos, resulta más eficiente y rápido sustituirte un riñón o un hígado que repararlos. A la larga resulta más “económico” una operación de varias horas y expender el Alta a los pocos días, que mantener a un enfermo durante meses ocupando una habitación que “cuesta” 2000 euros al día.

Con esta ingente cantidad de seres humanos sobre la Tierra resulta hasta normal que todo se corrompa, en todos los sentidos. Existen buenos médicos y malos, a pesar de que las calificaciones universitarias son las más elevadas y exigentes. Que unos fármacos produzcan efectos secundarios letales y no se retiren inmediatamente forma parte de este “protocolo”, de la corrupción creada por los intereses éticos (protección) y económicos, escondidos tras estudios estadísticos (reales o ficticios). Dos muertos sobre diez mil habitantes no “rompe” estadísticas, del mismo modo que veinte sobre cien mil tampoco. No son números que alarmen, aunque fuera de estadística, decenas de personas no mueran pero sufran enfermedades derivadas de dicha mala praxis de la Farmacéutica y sus cómplices (los médicos). Si el paciente mejora y supera sus dolencias ¡Enhorabuena al médico! Sus pastillas dieron resultado y lo han curado, pero si el paciente empeora o fallece, su dolencia era incurable sin lugar a error: los días que lo han mantenido con vida fueron toda una bendición, pues la Medicina ha logrado mantenerlo con nosotros unos días más. Han arrancado tiempo al de la guadaña, la factura asciende a 6.000 euros.

César Metonio

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