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El concepto del libre albedrío es quizás la base del pensamiento humano. Significa que poseemos la capacidad de elección para decidir cualquier camino o conducta a seguir y, por consiguiente, somos responsables de lo que nos ocurra. Cuando el lenguaje y la tecnología nos permitieron iniciar sociedades complejas, paralelamente a las creencias sobrenaturales, estuvimos convencidos de que podíamos elegir el destino de nuestra vida, organizarnos y prosperar. Ese razonamiento inició las primeras grandes civilizaciones conocidas, comenzando por Sumeria y el Antiguo Egipto, por ser las más estudiadas, pero también y al mismo tiempo, otras en numerosos lugares del Planeta. Los arqueólogos e historiadores en general, sitúan dicha época alrededor de hace 10.000 años, en una etapa del Neolítico cuando comenzamos a dominar la Agricultura y otras artes que nos han llevado a ser lo que somos.

No se puede separar el campo del Pensamiento de las demás “habilidades” que nos diferencian del resto de seres vivos del planeta. Ese «error» nos ha impedido progresar con más rapidez si cabe. Nuestra capacidad de crear mentalmente ilusiones y hasta mundos virtuales simplemente con un pequeño esfuerzo de nuestra imaginación, ha creado a su vez paradojas enfrentadas en opiniones. En la Grecia Clásica se registró todo el compendio filosófico, la memoria de toda la contemplación del ser humano hasta entonces. Los griegos no inventaron la Filosofía, sino que anotaron reflexiones y opiniones de centenares de alternativas al libre albedrío, dando también comienzo a una “organizada” Teología. La creación de un panteón de dioses y semi-dioses que alimentaron mentes lúcidas como trastornadas, terminó con el eterno culto a la muerte y a los muertos (aunque no desapareció por completo), verdadera obsesión de los seres humanos por más de 5000 años, y que vemos en su etapa más evolucionada en el Antiguo Egipto.

La solución filosófica y teológica dada por los griegos, y que ya apuntaban antes algunas culturas de Oriente Medio, como la Hitita y luego la asiria,  sería aplicada hasta la consolidación de las religiones monoteístas, aquella que un tal Abraham dispuso como respuesta definitiva al libre albedrío. Mucho más tarde, alrededor del siglo VII se abandonaron definitivamente todas las religiones animistas y todas las que no contemplaran la figura de un solo dios. Para encontrar colectivos que rezaran a múltiples divinidades se debía viajar al Extremo Oriente, es decir, desde la India hasta la península de Kamchatka, o viajar al corazón del África Negra. En el siglo XV se descubrió que en Canarias y en América, ninguna teoría monoteísta pudo imponerse a la lista de distintos dioses, con etapas de domino del dios Sol sobre el resto de divinidades, pero nunca en solitario.

Hecho el repaso histórico muy sintetizado, queda preguntarnos qué es el libre albedrío, comenzando por establecer si es verdad, utopía (o distopía), una simple ilusión de nuestra mente colectiva, o si realmente poseemos la capacidad de elegir nuestro camino en la vida sin influencias. El libre albedrío es en si mismo una paradoja. Nació de las relaciones sociales entre los primeros homo sapiens por las alternativas presentadas en cada momento. Cada decisión que aquellos remotos antepasados tomaron ante un problema dado, repercutió en el futuro inmediato de cada individuo, y sería crucial para el futuro de la especie. Así que mi pregunta es: ¿el libre albedrío es individual o colectivo? ¿Se necesitan opiniones contrastadas para elegir?

Algo no menos importante resulta de la reflexión a la que nos lleva de si el libre albedrío resulta trascendental para el ser humano o si solamente es otra herramienta de la retórica (Política) para que creamos que somos libres sea cual sea nuestro estado social en el colectivo. Para descubrirlo debemos pensar en las alternativas que dicho libre albedrío nos permite alcanzar. Para ello debemos plantearnos su repercusión en los distintos campos aplicados. Como no son muchos, y siguiendo con mi análisis sintetizado, los repaso en un instante.

En el campo científico, en la Física Cuántica por ejemplo, distintos genios de las matemáticas debatieron a lo largo de la Historia por el libre albedrío de las partículas o, por el contrario, que las mismas están sujetas a un movimiento inalterable y que se puede calcular y conocer. A día de hoy y a pesar de nombres tan importantes como Bohr, Einstein, Hokings, etc., siguen divididos los físicos, por consiguiente, no podemos asegurar 100% que las partículas se comporten de una manera calculada. Existen demasiadas “fuerzas” en el Universo como para establecer una teoría como cierta al 100 %, y mucho menos unificadora con dichas fuerzas mayores.

Vamos a suponer que el libre albedrío y la Libertad es lo mismo, ahora en el campo del Pensamiento. Esto implica otra alternativa que rompe muchos esquemas pues podemos no elegir nada, ninguna alternativa y quedarnos parados. Ya en la Grecia Clásica, desde Aristóteles al menos, muchos pensadores cayeron en la cuenta de que siguiendo la teoría del Determinismo o del Indeterminismo, y de ser ciertas ambas, no se podía contemplar el libre albedrío, pues cada elección que tomamos está determinada por acontecimientos previos, es decir, al igual que las partículas, otras fuerzas en el Universo determinan nuestras conclusiones o elecciones filosóficas. Schopenhauer dijo al respecto que: Todos creemos que somos perfectamente libres, pero vistas nuestras vidas bajo la perspectiva de la experiencia, todos concluimos en que siempre nos movimos influenciados por la necesidad de cada momento, al margen de cuál fuere nuestro carácter. Luego Schopenhauer pensaba que el libre albedrío resulta un imposible.

Dentro del Pensamiento, podemos analizar más detalles sobre el tema en el campo de la Psicología, la Neurociencia y Psiquiatría, en la cuál se comprobó en los años 1970s, que poseemos un “recurso” voluntario que nos capacita a “rechazar” una decisión, a vetarla en el último segundo, una capacidad incompatible con el libre albedrío, con la Libertad. John N. Gray señaló que “nuestra experiencia subjetiva es siempre ambigua”.

Pero llegamos a la Religión. Este campo tan delicado nos puede dar pistas sobre si el libre albedrío es un concepto individual o colectivo y, quizás, si se trata de una abstracción imaginada por nuestros antepasados en respuesta a amenazas de distinto tipo. El Karma hindú se puede comparar con nuestra filosofía determinista. También el budismo “culpa” a la causalidad de nuestro destino, aunque aquí el Karma es una combinación muy interesante entre libre albedrío y determinismo. Los conceptos teológicos dicen que si Dios lo sabe todo, incluidas las decisiones que nosotros tomaremos en el futuro, la libertad entra en una contradicción demasiado obvia. El libre albedrío no cabe en Teología. Para los judíos es una paradoja que sigue todavía en debate actualmente. En el Islam aparece una matiz muy interesante porque, “aunque Alá lo determina todo, nadie cargará con la responsabilidad de otros”, que es como decir que existe el libre albedrío para la mayoría de las acciones, teniendo así fundamento el “castigo terrenal y en la otra vida” para las punibles del individuo.

En el Cristianismo el libre albedrío suscitó debates a todos los niveles durante siglos. Son tantos los análisis sobre el tema que podemos sintetizarlo en las conclusiones de los católicos, donde se admite la creencia sobre el libre albedrío pero obedeciendo al credo sobre la Gracia Divina, ambos conceptos contradictorios, el primero sujeto a las enseñanzas del Antiguo Testamento y el segundo a los Evangelios y al concepto de Salvación de las almas. San Agustín nos habla de libre albedrío despectivamente, como negación a la Gracia, y en síntesis podemos decir que el Cristianismo admite la posibilidad de elección, pero siempre como negación de lo dispuesto por Dios.

Si hay algo que no encontraremos en las descripciones sobre el libre albedrío es en el campo de la Política. Para afrontar este delicado campo vuelvo a la pregunta anterior: ¿el libre albedrío es individual o colectivo? ¿Se necesita de opiniones contrastadas para elegir? En teoría, cuando nos disponemos a elegir un modo de gobierno, escuchamos o leemos al candidato previamente y, en las culturas democráticas, la Mayoría otorga el poder al gobernante. Si se ha leído con atención todo lo expuesto anteriormente, resulta que el libre albedrío es una verdad más que dudosa. Resulta que estamos condicionados por “fuerzas” y opiniones, hasta por las necesidades del momento. La primera contradicción o absurdo a señalar es: ¿por qué votamos individualmente a algo que no nos afecta a nosotros mismos sino al colectivo? ¿No debería de haber dos elecciones, la que afecte a mi persona y otra al colectivo? ¿Qué me importa cualquier política a seguir si mi persona no se ve afectada? No es una cuestión de egoísmo o de otras características terminadas en “ismo”, sino que la base fundamental de una Elección Libre ya está condicionada y contaminada por otras necesidades.

Resulta que acudimos a las urnas condicionados y sin libre albedrío, carecemos de objetividad, pero pretendemos que la figura del gobernante represente a la totalidad del colectivo. Le otorgamos un poder que nunca podrá contener. El sistema falla desde la base, así que vivimos en una distopía (por la contradicción de conceptos), cuando pensamos que todo lo nuestro es lógico y fundamentado. Si consultamos los escritos tras la disolución de la Pax Romana y su desmembramiento posterior, observaremos que el status de la Edad Media surgió tras un periodo de Elección de los sucesivos monarcas y señores feudales, exactamente con la metodología que las democracias griegas establecieron hace 25 siglos. Una etapa política similar vivimos actualmente, una etapa sin libre albedrío y conducida por villanos pletóricos de retórica y que nos tienen envueltos en una distopía sin sentido.

¿Pero si vagamos por el espacio sin libre albedrío, qué solución queda para recuperar la Libertad? Está visto que nunca lo conseguiremos si somos gobernados por interesados individuales y no por colectivos. En la Política podemos distinguirlos porque predican eslóganes idealistas creados hace décadas, pero que luego aplican medidas no identificadas con dicho colectivo. La repetición de las contradicciones llega a un caos y confusión generalizada, a pretextos y cruce de apelativos sin sentido. Un ejemplo claro lo tenemos en España, donde todas las fuerzas políticas acusan a las demás de ser fascistas. ¿No será que reflejan una realidad y que todas ellas lo son en mayor o menor medida, pero no son conscientes de su confusión? Está visto que nunca recuperaremos la Libertad si somos gobernados por seres humanos. Creo que llega ya la hora de aplicar software a los programas electorales. Por mi parte, prefiero elegir a una máquina imparcial por el futuro del colectivo pues, la probabilidad de que me afecte personalmente, resultará mucho mayor que los tipos de gobierno presentados hasta ahora.

César Metonio

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