Cada siete años los seres humanos mudamos absolutamente nuestro metabolismo y solamente las neuronas permanecen inalteradas y se supone que nos mantienen la personalidad que de otra forma perderíamos en el olvido. Cada célula de nuestro cuerpo se va separando y ha dejado paso a su descendencia dentro de nuestro organismo, pero paradójicamente, también transmite un reloj biológico que indica nuestra caducidad, nuestro envejecimiento que, según un complicado cóctel bioquímico, afecta a unas personas de manera distinta que a otras. Algunos organismos parece que nunca envejecen, hasta que llegan a los 56 y comienzan a decaer visiblemente, mientras que en otros, su envejecimiento súbito aparece a los 49, con arrugas que se intensifican tras la carga de la vida. Tanto en hombres como en mujeres, se considera los 35 años de edad como la plenitud física y que, tras esa edad, comienzan a aparecer los “fallos” y se activa el proceso del envejecimiento irremediablemente.

En la mujer el paso de los años parece que les afecta de manera distinta, porque cada siete años sus cambios hormonales (su cóctel bioquímico en general) sufren mayores metamorfosis. Es por eso que los hombres rara vez cambian de forma significativa su estilo de vida y la mujer, en cambio, casi necesita de giros y “nuevos aires y de look” cada siete años. Estudios científicos sobre la conducta en pareja, realizados en la Universidad de Estocolmo, sobre más de 2000 parejas, estableció que “el amor se pierde tras el cuarto año de convivencia en pareja”, pero estos estudios aproximativos no me parecen acertados pues, en mi opinión, demasiadas excepciones rompen dichos apuntes estadísticos. En este caso concreto, estudiaría el periodo cuando se conoce la pareja, en qué ciclo de siete en siete años corresponde a cada cual y comprenderemos porqué unas parejas se rompen en muy poco tiempo y otras perduran eternamente. No es lo mismo que una mujer se case enamorada a los 18 que a los 30, cuando se busca una mayor estabilidad en la vida. El amor a los 14 años nunca se olvida y suele perdurar el nacido a los 21.

Acabo de ver por televisión a una mujer que confesaba que, tras más de una década de matrimonio feliz con un hombre estupendo en todos los sentidos, descubrió sobre los 42 años que lo que realmente le atraía era la personalidad y el físico de otras mujeres. Pensamos que dominamos la materia, que somos los dueños de nuestro destino, pero estamos supeditados a fuerzas que no llegamos a comprender. El siete es un número mágico. El siete posee en matemáticas y numerología, astrología, Religiones y en la magia en general, unas características que sorprenden. Es un número primo, pero si lo dividimos en 4 partes nos da 1,75 exactos (el número áureo es 1,618). Siete planetas nos acompañan en nuestro sistema solar (Plutón dejó de considerarse en 2006, volviendo al número registrado de planetas por los antiguos, que eran los cinco visibles más el Sol y la Luna). Así que en este sentido, sigue perfectamente la tradición astrológica desde muy antiguo. Para Pitágoras fue el “número perfecto”. Siete son las Maravillas del Mundo Antiguo y los Pecados Capitales, siendo siete los Sacramentos para la pureza espiritual del cristiano católico.  En las religiones orientales simboliza “la totalidad del Universo en movimiento”. Hipócrates lo ensalzaba hasta lo sublime pues decía: “la luna cambia de fase cada siete días, influyendo en todos los seres de la Tierra”.

El número 7 es el número de la sabiduría y la inteligencia. También se relaciona con la constancia y el valor de las personas que estén marcados por dicho número. Como parte negativa de esta característica, el exceso de dichas cualidades puede llegar a una desmedida exigencia de uno mismo, a buscar obsesivamente la perfección. Para la Astrología, el número siete está relacionado directamente con el signo del zodíaco Piscis, así que además, se supone que obtendrá en la vida buena suerte en general, con una personalidad fuerte y temperamental, bondadoso y preocupado por los demás, así que encontramos voluntad y constancia, como dije al principio, con una serie de características muy positivas.

Siete son los días de la semana, aunque nada obligaba a ello, pues el calendario fue variando al paso de los milenios, como los meses, que eran 10 hace 2000 años cuando un par de emperadores se adjudicaron dos de ellos (Julio y Agosto). Su nomenclatura es anterior a la Biblia y claramente hacen referencia a nuestros cuerpos celestes más próximos: Lunes-Luna, Martes-Marte-, Miércoles-Mercurio, Jueves-Júpiter, Viernes-Venus, Sábado-Saturno (en español lo cambiamos por el derivado del Sabbat bíblico-judío) y Domingo-Sol (en español lo cambiamos por “día del Señor-Dominus). El 7 siempre ha sido mi número favorito y nunca he sabido muy bien porqué, pero tiene algo que atrae. Del mismo modo elegimos otros para lo negativo, como el 6 triplicado o el 0 (cero).

El siete ordinal se dice séptimo y posee 7 letras distintas del alfabeto. Es el primer número primo “feliz”. También es el número atómico del Nitrógeno. Los mamíferos tenemos casi todos siete vértebras cervicales. Siete son las colinas de Roma. Las notas musicales son: do-re-mi-fa-sol-la-si. Otra manera de referirse a los océanos o al mar en general es decir: “los siete mares”. Siete sabios reconocidos habían en la Antigua Grecia, y siete los metales trabajados por el ser humano en todos los tiempos. Hubo siete arcángeles y siete son las Bellas Artes reconocidas. Siete cielos aguardan en el Islam  y siete son los infiernos de Dante en la Divina Comedia. En fin, la lista es inacabable para demostrar que existe algo más que la casualidad para que este número nos parezca mágico. Me he referido a una obra de ficción universal, como lo fue la Divina Comedia, qué menos que despedirme con otra famosa, pues siete fueron los reinos en Juego de Tronos.

Alguien obsesionado con el número siete fue George Miller. Os dejo un video por si queréis indagar sobre su enigmática perspectiva (un video resumen claro).

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