El equipo de www.qvo.es ofrece su más sentido pésame por las víctimas del COVID-19 a las familias, por eso muestra desde el inicio de esta terrible Pandemia un lazo negro en todos sus post.

(Relato no recomendado para menores de 16 años)

Allí estaba Carla, toda melancólica, con los codos apoyados en la barandilla del balcón y el culo en pompa, balanceándose de un lado a otro, levemente, casi al ritmo de las olas que se rompían en la playa. Observaba el paseo marítimo desierto y tampoco rodaba el tráfico típico en esas fechas de Semana Santa, cuando todo era más dinámico y las personas se contagiaban pero de alegría, tan sólo hacía un año. Esa circunstancia, y el sentirse sola, animaban más bien a la reflexión consigo misma, a sacar conclusiones sobre su estilo de vida y a conducirse menos impulsivamente, tal y como había hecho hasta ahora. Madurar.

Carla es una chica independiente. Trabaja en una oficina de turismo: buen sueldo con el que pagar las letras de su coche nuevo y el alquiler de su bonito apartamento. Le queda incluso para ahorrar algo y dedicarse algún que otro capricho. Es muy sociable y se siente muy atractiva consigo misma y con los demás. Es consciente de que físicamente no es una top model, evidente cuando sale con las amigas, ya que todas la sobrepasan en altura, pero “ni falta que hace” dice siempre muy convencida, pues tiene una sonrisa encantadora y un culo redondito que siempre ha mantenido terso y duro, para envidia de todas, y que le cuesta más de media hora diaria de ejercicio y seguir una dieta equilibrada. Tras este pensamiento, se dio una palmada en el trasero en señal de orgullo.

Carla tiene claro que su vida material y social estaba siendo más que aceptable. La duda surgía con su vida sentimental, pues cada día se alejaba más de su familia, a pesar de que procuraba visitar a sus padres a menudo. En su casa del pueblo seguía teniendo su habitación tal y como la dejó, así que nada que objetar. Enseguida le recorrió por la mente un cúmulo de recuerdos de la infancia y adolescencia, de su primer beso, de los primeros tocamientos con Pablo y ese pecho que le excitaba cada vez que la abrazaba. De las tetas que, de pronto, se mostraban erguidas con los pezones en punta y sólo le complacía el contacto continuado de aquellos brazos fuertes y juveniles, de las manos temblorosas de él descubriendo su cuerpo. Le gustaría volver a esas primeras excitaciones, a sentirse de pronto mojada, con su cuerpo entregado por completo al placer. Enseguida se sorprendió de notar humedad en su vagina, la corriente recorriendo su cuerpo, con el bamboleo en el balcón, primero la avergonzó, pero sabedora de que nadie observaba, acercó su mano derecha a su entrepierna, buscando su clítoris, y se acarició disimuladamente, introduciendo sus dedos por dentro del short y el tanga que vestía. Sus recuerdos la excitaron tanto que consiguió pronto un orgasmo. Ni siquiera llegó a introducirse los dedos en la vagina.

En unos minutos volvió a sosegarse. No sabía muy bien porqué, pero se sentía cómoda notando la humedad que le llegaba ya hasta el ano. Seguía meciéndose suavemente, apoyada en la barandilla y retomó el hilo conductor de sus reflexiones. Creía que se encontraba en un momento delicado de su vida, cuando la independencia significa también soledad. Hasta el momento, sus experiencias de pareja habían sido desastrosas, aunque de momentos sexuales satisfactorios. Fallaba la convivencia y, o se adaptaba a su futura pareja, o se convertiría en una chica independiente y solitaria para siempre.

Carla pensaba que las chicas se comportan muchas veces como egoístas y egocéntricas con los hombres, que nunca se ponían en el lugar del otro. Pensaba que los hombres también necesitan su espacio, así que siempre se comportó con la independencia que la caracteriza: sin control exhaustivo, sin riñas absurdas, sin celos infundados. Y claro, le vino a la mente su última experiencia, llamado David, un chico fantástico pero que resulta un maniático del orden y de carácter insoportable, rozando lo tóxico. “Que si dejo las bragas por cualquier lado, que no retiro la mesa enseguida, que dónde estaba si hace una hora que salí del trabajo…”. Era más que controlador y celoso que nadie. Claro, nadie es perfecto, y si Carla se hubiese comportado de la misma manera, quizás el resultado habría sido espectacular: dos fuerzas negativas enfrentadas y que se repelían sin remedio.

Pero en lo físico Carla pasó los mejores momentos de su vida con David. Descubrió el placer inigualable del cunnilingus. Al principio de sus tocamientos sexuales a David le encantaba sorprenderla en cualquier lugar, de pie los dos y a salvo de las miradas, para bajarle los pantalones y las bragas y lamerle el coño. Durante un largo periodo de tiempo vistió falda corta para facilitarle el acceso y le recorría el culo y toda la raja con la lengua y los labios, a veces por encima de las bragas, algo que la excitaba hasta conseguir correrse antes de llegar a desvestirse. Durante el primer año juntos follaban casi a diario, descansando solamente cuando Carla tenía la regla. David llegó a conocer los puntos más calientes, cercanos al clítoris, en una preparación al coito de un placer inigualable. Si existe el Punto G femenino, desde luego David lo encontró sobradamente.

Carla se meció su precioso cabello rizado con la mano derecha, acalorada por el recuerdo sexual, y en su cabeza resonaban los gemidos de placer tan memorables de aquel primer año. Luego empezó a declinar la tendencia a medida que se incrementaban las discusiones domésticas entre ambos. Desapareció la intensidad y de pronto dejó de interesarle su recorrido del cuerpo con su boca para centrarse únicamente en la penetración. Se convirtió el sexo en un acto rutinario. No se puede asegurar qué o quién fue el culpable, pero está claro que llega un punto en el que la atracción sexual desaparece por completo y hasta surge un sentimiento de asco incomprensible para una pareja que mantiene relaciones satisfactorias durante años. Carla pensó en seguida que son cuestiones irremediables, y que la sociedad debe cambiar muchas pautas de conducta si se quiere superar la dificultad de las relaciones duraderas. Bien es cierto que con esfuerzo por ambas partes se puede conseguir cualquier meta, pero al fin siempre aparece el “verdadero yo” para erigir una barrera infranqueable.

Carla pensó, tras esta reflexión, que existe el factor “suerte” a la hora de encontrar una pareja estable y duradera. “Muchas veces, por mucho que una se esfuerce, termina chocando con la personalidad del otro”. Así que resolvió seguir con su independencia hasta que algún chico la haga caer de nuevo en la misma coyuntura. Ahora sí, con más experiencia y la que piensa acumular cuando se brinde la oportunidad de que algún hombre la haga excitarse de placer como una posesa. Quería sexo intenso, como si siempre fuese la primera vez, ese trémulo contacto de piel, esa lengua húmeda buscando entre su rajita el punto G, que tanto la excitaba.

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