El orfanato más antiguo del mundo, y que siga en funcionamiento, lo fundó Vicente Ferrer Miquel, o San Vicente Ferrer (Pare Vicent) para los católicos, en la ciudad de Valencia el año 1410. Hasta esa fecha la Iglesia y las grandes fortunas fundaban hospicios para los desamparados y enfermos en general, pero sería el Patrón del Reino de Valencia quien ordenó la apertura de un establecimiento para recoger exclusivamente a los niños sin techo y abandonados de la Ciudad, para cuidarlos, alimentarlos y darles una educación que las circunstancias de la vida les había negado.

El orfanato se abrió en un establecimiento religioso ya existente en la antigua Plaza de San Agustín y que se dedicaba a labores de cuidado para y por los ermitaños (a los que llamaban también beguines) y otros enfermos eventuales. San Vicente le encomendó la tarea del cuidado de los niños desamparados a esta Orden de Beguines (beatos en alemán), que eran los que atendían dicho establecimiento desde hacía casi un siglo, el llamado Hospital de Santa María, fundado en 1334 (fuente valenciabonita.es). Aunque pasaron a conocerse en Valencia como los o las “beguinas” (pues más tarde lo atenderían monjas también), que era como se les conocía desde siempre,  e incluso hay una calle en la ciudad que los recuerda. Dicha orden fue fundada en 1170 en Lieja (Flandes) y desde entonces se iría asentando también por Alemania, Francia y España. En Valencia pasaría a abrazar la Tercera Orden Dominica desde ese año 1410 y por recomendación del Padre Vicente.

El orfanato se fundó ante la gran cantidad de niños abandonados en la ciudad, la mayoría moriscos desamparados y huérfanos que no tenían hogar ni familiares responsables. Tras la muerte inesperada del Santo en 1414 se empezó a llamar al establecimiento Colegio de Huérfanos de San Vicente Ferrer (Espital dels Órfens de Sanct Vicent Ferrer), nombre que se admitió hasta la actualidad. En 1498 se ampliaron las dependencias con anexos y otras viviendas habilitadas (incluso parte de la casa natal del Santo) hasta 1540, año en que ya están “desaparecidos” los beguines originales por efecto de las guerras y por no tener continuidad la Orden en España. Los pocos que quedaban pasaron a disolverse entre los dominicos. A partir de entonces será un grupo de caballeros nobles quien se ocuparía de su mantenimiento, la Cofradía del Bienaventurado San Vicente Ferrer. Aunque el Emperador Carlos I validó esta Obra, otorgando al Colegio el título de “Imperial” y ordenando su provisión, su hijo Felipe II disolvió a los cofrades por Real Carta en 1593, enviando a un representante de la Corona para que se hiciese cargo, eligiendo a un nuevo cabildo y jurados.

El espacio dedicado al Orfanato de San Vicente Ferrer estuvo durante siglos en la Plaza de San Agustín y aledaños. En el año 1624 el rey Felipe IV donó el Colegio de Moriscos (dels Morets) propiedad de su antepasado Carlos I, por eso era conocida en Valencia como “Casa del Emperador”. Esta casa estaba situada en la calle Roger de Lauría con Colón, terrenos que ocupa hoy el Corte Inglés. En esa época la Institución se enriqueció añadiéndose definitivamente el título de Imperial y numerosas obras de arte venidas de donaciones particulares. En 1611, dos años después de la expulsión de los moriscos, se atendían a 2450 niños, casi a partes iguales de ambos sexos. La mayoría eran moriscos, pero también se atendían niños abandonados en general.

El Colegio Imperial tiene el honor de ser el primero del mundo en educar indistintamente a niños y niñas, cuando hasta bien entrado el siglo XVIII, a las niñas sólo se las enseñaba las labores del hogar. En el año 1968, a causa del mal estado de los edificios (derrumbe parcial), el Colegio se traslada provisionalmente a 14 kms de Valencia, a San Antonio de Benagéber, habilitando distintas dependencias, hasta 1977 que se instala en su actual emplazamiento de esta localidad cercana a la Capital del Turia, en la Calle Vereda s/n. Más de 600 años de Historia contemplan a esta institución que sigue velando por los niños desamparados. Las dependencias y terrenos ocupan unos 70.000 m2, dispone de aulas informatizadas, talleres para manualidades, polideportivo cubierto y piscina, así como una amplia zona verde. En su capilla se custodia la única reliquia del Santo que existe en España, el radio de su brazo derecho, que la catedral de Vannes donó a instancias del Ministerio de Cultura de Francia. Dispone de 80 plazas para huérfanos y para otros 200 alumnos de Primaria y Secundaria, siendo así un centro mixto y concertado.

La figura de San Vicente Ferrer es muy venerada en la Comunidad Valenciana, donde en cada iglesia que predicó se conmemora su paso en losas bien visibles desde el siglo XV. Pero este gran personaje es bastante desconocido en el resto de la Península inexplicablemente cuando, entre otras cosas, inició el proceso de unificación de las coronas por su decisivo voto en el Compromiso de Caspe (Tratado) de 1412. Se puede decir que el concepto político “España” hubiese sido otra cosa muy distinta sin esta “solución” del Santo. Probablemente Castilla y Aragón habrían terminado por enfrentarse militarmente en una gran guerra hasta que uno de los dos capitulase, algo que, por el momento, no le habría ido demasiado bien a Castilla, pues sus derrotas eran más numerosas hasta ese momento. Sin duda allanó el terreno para que Fernando e Isabel, los Reyes Católicos, unificasen medio siglo después las coronas más poderosas de la Península Ibérica.

Por pura coincidencia, el mismo año que Vicente Ferrer funda el orfanato que llevaría su nombre, murió sin descendencia Martín I de Aragón, y sin un heredero claro al Trono, se debía encontrar una solución válida para todos, y en una atmósfera general “caliente” en todos los aspectos. En la ciudad de Barcelona se debatía esta problemática cuando convergieron el Papa Luna y Vicente Ferrer, involucrados ambos de pleno en la también problemática sucesión al Trono de San Pedro, es decir, en pleno Cisma de Occidente. Si pensamos que en estos últimos años la política en España llegó a ser convulsa por el tema del Independentismo en Cataluña, la corrupción de los políticos que han gobernado, el terrorismo islámico  y las distintas manifestaciones de protesta por diversos temas, deberíamos echar un vistazo a los años que siguieron a la agonía del rey aragonés en 1410, con batallas campales vividas en Zaragoza, penetración de ejércitos venidos de Castilla, del otro lado de los Pirineos e incluso desde las Islas Británicas, para secundar a uno u otro candidato al Trono.

El punto álgido se vivió motivado por el asesinato del arzobispo de Zaragoza el 1 de junio de 1411 por mostrarse abiertamente en contra de uno de los pretendientes. Se cerraron los Parlamentos (Generalidades) de Aragón, Cataluña y Valencia, viviéndose un verdadero clima de guerra civil. En Tortosa (catalanes), Alcañiz (aragoneses), Treiguera (valencianos) y Vinaroz (cerca del bastión del Papa Luna en Peñíscola), se reunieron de nuevo los tres Parlamentos unos meses después de sus clausuras y en los nuevos lugares comentados para estar más cercanos a las consultas. Los mallorquines enviaron emisarios a las delegaciones de Aragón y Cataluña. Pero los disturbios que continuaban en el Reino de Valencia, enfrentados los nobles por uno u otro candidato, impidió un Parlamento que los unificase a todos en su territorio, tal y como se pretendía desde un principio. Los urgelistas batallaron contra las tropas castellanas de Fernando de Antequera haciendo imposible un consenso. Benedicto XIII (Papa Luna), San Vicente Ferrer y los demás obispos apoyaban al candidato castellano pues significaba la unificación y pacificación de todo el territorio cristiano peninsular. En una bula de enero de 1412, se estableció que el estudio de los derechos al trono aragonés se realizara por compromisarios de los distintos reinos más el Principado de Cataluña.

En febrero de 1412 se reunió una Asamblea en Morella para unificar a los compromisarios valencianos, disuelto el de Treiguera tras los enfrentamientos bélicos. Catalanes y aragoneses avanzaron en las negociaciones y dispusieron el Compromiso de Caspe, donde se decidiría definitivamente por un nuevo rey y por el sistema de votos a utilizar. Los valencianos no pudieron asistir a dichas negociaciones, pero firmaron a tiempo unos representantes de Vinaroz su conformidad a la definitiva reunión en Caspe. Mientras tanto, en la campiña valenciana se cruzaban los ejércitos de Fernando y el Conde de Urgel (que trató de conquistar Valencia), y que apareció reforzado por un cuerpo de la Caballería Real Inglesa. Tras la Batalla de Murviedro y victoria de los Centelles con apoyo de las tropas castellanas, se disolvió el Parlamento de Vinaroz. Con un ambiente bélico y disturbios en las principales poblaciones de los tres reinos y principado, se decidió que 9 emisarios (3 de cada territorio: catalán, valenciano y aragonés), se reunieran en Caspe los meses marzo y abril  para que votasen por un nuevo rey.

En el cruce de opiniones, San Vicente Ferrer fue el primero en emitir su voto, dado el prestigio que atesoraba. Los catalanes se decantaron los tres por Fernando de Trastámara y por eliminación de los demás candidatos (dos de ellos dudaban por el Conde de Urgel). Los aragoneses y valencianos también secundaron la moción decantándose por el partidario castellano, así que, según el Acta del 25 de junio de 1412, se eligió al nuevo Rey por unanimidad.

Pero dependiendo de un cronista u otro de la época, dicha unanimidad no estaba tan clara. La versión que más he leído, contemporánea a los hechos o tardía, era que hubo votos para el candidato Conde de Urgel y para el Duque de Gandía, de forma que se llegó al empate entre dos candidatos (los que batallaban desde el principio)  cuando votó Bonifacio Ferrer, el hermano de San Vicente Ferrer, y que tuvieron que esperar al regreso del Santo para que diese el voto definitivo por el futuro de su Reino y del Imperio (en la práctica) Aragonés, pues se demoró a la asistencia de la votación final. El voto de este personaje ilustre de la Historia llevaría a Fernando I de Aragón al Trono el 28 de junio de 1412. Decidió así el futuro de España. Dos años después San Vicente Ferrer falleció, a los 64 años de edad, en suelo de la Bretaña, en Vannes, y en su catedral se veneran los restos desde entonces. Como toque final añadiré que San Vicente Ferrer predicaba en lengua valenciana pero le entendían perfectamente castellanos, franceses, vascos, italianos del Piamonte o de Lombardía, etc. Don de lenguas, otro de los casi un millar de milagros que se le atribuyen y que lo llevarían a la santidad menos de medio siglo después.

Mi abuela me hablaba de San Vicente como si hubiese vivido hace poco entre nosotros, tan arraigado está a la cultura valenciana. Entre otras cosas me dijo que el Santo profetizó hechos que luego se cumplieron. Uno de ellos me resultó muy singular, venido por boca de una mujer: “el fin del mundo llegará cuando las mujeres vistan pantalones y los hombres falda”. No sé si el dicho proviene de una época tan lejana como fue el siglo XIV, pero resulta curioso que tres años después de la aparición en una película de Hollywood de una mujer en pantalones (la bailaora Carmen Amaya en 1942), se lanzarían bombas atómicas contra Japón. El mundo fue otro desde entonces. Las profecías no son tan simples, ya lo sé, pero yo siempre le he dado un sentido “codificado” y pocas veces literal. La cuestión es que existen numerosos personajes ilustres del pasado que no pasan de meras referencias históricas, cuando deberían aparecer más en los estudios de Historia de nuestros chavales, sobre todo personajes españoles, olvidados y que cumplieron un papel en la Historia preponderante.

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