El metro (m) se definió originalmente como una diezmillonésima parte de la distancia entre el Ecuador y el Polo Norte a lo largo del meridiano de París. Entre 1792 y 1799 se determinó el metro longitudinal actual. El de la foto mide 1,0021 m. y hasta salir el patrón reconocido internacionalmente en un lingote de platino, se exhibieron por París al menos 16 modelos para que los ciudadanos fuesen conociéndolo. Pero esta medida fue estudiada por el científico francés Fançois Arago, a través de la medición y triangulación del meridiano en las costas del Levante español, estableciendo que el metro longitudinal de París no era exacto. El resultado era consecuencia de su estudio principal, la de calcular el meridiano terrestre de forma exacta. Pero Napoleón, cansado de tanta polémica, cerró definitivamente la cuestión decidiendo el metro «imperfecto» como el oficial. Considerando que la Tierra era una esfera perfecta, estimaron la distancia total y la dividieron entre 10 millones. Así tenemos un metro con un margen de error del 0,002 m., por una decisión política y sin hacer caso a las mediciones rigurosas de Arago, realizadas durante una verdadera epopeya entre 1806 y 1809.

Arago sería encarcelado bajo la acusación de espionaje en Mallorca por los milicianos españoles. Evadido, escaparía a costas de África, enrolado en un mercante, sería secuestrado y vuelto a encarcelar en Palamós, liberado tras rescate pagado. En dicho periplo, perdió todos sus instrumentos y anotaciones científicas. Volvería a enrolarse en otro mercante en Argel y una vez en Marsella, de forma milagrosa recuperaría todas sus pertenencias en el puerto marsellés, por casualidad y ya dando todo como perdido.

Más tarde, a pesar de descubrirse definitivamente que la forma de la Tierra no es esférica, sino que está achatada considerablemente en los Polos, el metro se definió como la distancia entre dos líneas finas trazadas en una barra de aleación de platino e iridio, el metro patrón internacional, conservado en París. Napoleón, cansado del tema, mandó “adaptar su metro a la ciencia” y no al contrario, dejando de lado lo del meridiano. La política había decidido.

Después, la conferencia de 1960 redefinió el metro como 1.650.763,73 longitudes de onda de la luz anaranjada-rojiza emitida por el isótopo criptón 86.

Sin embargo, las medidas de la ciencia moderna requerían una precisión aún mayor, y en 1983 el metro se definió como la longitud del espacio recorrido por la luz en el vacío durante un intervalo de tiempo de 1/299.792.458 de segundo.

Pero seguimos. Como en centenares de tradiciones obsoletas e inexactas, rigiéndonos por aquel original metro de París por decisiones políticas erróneas de nuestros antepasados, tenemos que sufrir en cada construcción errores de cálculo que convierten ese mínimo margen de error en importantes centímetros e incluso metros, convirtiendo a arquitectos, ingenieros y obreros a pie de obra en profesionales incapaces de convertir un plano a escala exacto en una obra bien terminada en la práctica. En construcciones a escala “edificio 4 plantas”, los cálculos se deben de realizar corrigiendo constantemente, pero en las obras colosales, la precisión muchas veces se calcula sin basarse siquiera en el metro o en todo caso, ayudándose de aparatos de medición electrónicos o de tecnología láser. ¿Acaso Napoleón también era albañil? ¿No  es más fácil establecer un metro que realmente mida un metro?

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