La última batalla naval protagonizada por los más poderosos buques de guerra de la Armada Española de la época, discurrió en el Cabo de Palos por el año 1938, y enfrentó a las embarcaciones que continuaban en el bando republicano contra naves rebeldes, pasadas al bando nacional o capturadas en los enclaves conquistados por éstos. De modo que, desgraciadamente, la última batalla enfrentó a españoles en la triste Guerra Civil Española.

Tras el desastre contra los Estados Unidos en la batalla de Santiago de Cuba, el 3 de Julio de 1898, cuando la flota española perdió 6 cruceros y 7 antes, en la batalla de Cavite (Filipinas), ocurrido en Mayo del mismo año, la Armada se planteó otra estrategia a seguir en la construcción de buques de guerra. Bien es cierto que se utilizaron buques anticuados, pero si al mal blindaje se le suma una pobre potencia de fuego, por muy grande que construyas un barco de guerra, luego no rinde y termina hundido ante cañones de disparo rápido.

En mi opinión, el Almirante Cervera combatió influenciado por lo ocurrido en Manila, y combatió “como perdedor” de antemano. Se le achaca a la flota naval española estar obsoleta, pero si eso fuese cierto, los norteamericanos no hubiesen reflotado hasta seis de los buques, tanto en Cuba como en Manila, manteniéndolos en activo durante años.

En Manila el contralmirante Patricio Montojo no supo aprovechar sus ventajas, que las tuvo, cometiendo errores casi de principiante, como desconocer la munición que disponía en el momento clave. Cervera recibió información condicionada de Manila. Desmoralizado y sin sus cinco mejores barcos, retenidos en Suez por los ingleses, salió a combatir con el único ánimo de sufrir el menor número de bajas humanas. De modo que se hicieron mal las cosas en todos los sentidos. En Manila se maniobró bien pero se combatió mal, y en Santiago todo se hizo mal. Los barcos estaban anticuados (aunque había buques botados recientemente), pero se pudo hacer mejor.

Con esa experiencia, los constructores navales españoles dieron más importancia al blindaje y decidieron equiparse con cañones de considerable calibre y disparo rápido, fabricados sobre todo en Inglaterra. Es decir, la mayoría de la tecnología de guerra se adquiría en el extranjero. Incluso se encargaron buques enteros a otras armadas, sobre todo a los ingleses, aun sabiendo que no incluirían lo más avanzado, así que en nuestros astilleros se mejoraban después. Aunque siempre hubo algunas naves inmensas, para exhibir poderío, los grandes acorazados de 200 metros de eslora, la tendencia fue desde entonces por los cruceros de no más de 140 metros y fuertemente blindados y armados. Dicha filosofía de barcos más ligeros y mejor armados se observará una década después en la Guerra del Rif (1911-1927), estrenando el crucero “Reina Victoria Eugenia” como buque insignia (140,8 m de eslora) en el año 1923. En 1931 pasaría a llamarse “República”.

En la década de los años 1930s la Armada Española dio de baja numerosos buques de guerra obsoletos. La fecha de construcción de los activos no superaba los 15 años la mayoría. Sin posesiones en ultramar, se prefirió una flota más reducida pero moderna, así que se diseñaron dos acorazados (cruceros pesados de 193,9 m) gemelos impresionantes, que llamaron «Canarias» (1931) y «Baleares» (1932), y que se terminaron de equipar justo en el año 1936, quedando en posesión de los sublevados. Al estallar la Guerra Civil, se contaba con 2 acorazados, a los que se sumaron los anteriores comentados, 5 cruceros ligeros, 21 destructores, 12 torpederas, 6 cañoneras, 3 minadores, 4 guardacostas y 14 submarinos. La mayoría de buques quedaron en posesión de la República, que no supo o quiso tomar una iniciativa de agresión en el Mediterráneo para evitar errores no forzados contra otras marinas, sobre todo italianos, alemanes, franceses e ingleses, y no provocar más conflictos internacionales de los que ya tenía. No supieron gestionar sus recursos.

Esta política de control pero poca intervención, dejó el papel de la flota como “poco decisiva” para la guerra, pero para los sublevados si sería importante. Sus dos flamantes acorazados, se sumaban al «España» (antes llamado «Alfonso XIII», y de 140 m de eslora), 2 cruceros ligeros, 5 destructores, 5 torpederos, 5 cañoneros, 3 minadores, 4 guardacostas y 2 submarinos adquiridos en Italia. El resto de barcos importantes de la Flota quedaron en manos republicanas, nada menos que 16 destructores y 12 submarinos, que usaron principalmente en labores de escolta para los barcos de suministro. A pesar de la inferioridad numérica, el apoyo aéreo de alemanes e italianos y algunas naves puntuales, hacía difícil la navegación y por ende, la llegada de suministros al Levante Español republicano.

Las escaramuzas, más que batallas navales, no eran frecuentes pero las hubo, sobre todo durante el año 1937, con hundimientos como el del acorazado «Jaime I» en Cartagena, y por entonces buque insignia, debido a una explosión interna, seguramente por sabotaje. Llegamos al año 1938 y la República ve como día a día pierde territorios y hasta ve amenazado su litoral. Así que decide pasar a la ofensiva tanto por tierra como por mar. En Marzo de dicho año decide el mando republicano atacar la base naval de Palma de Mallorca y sorprender a la flota sublevada, donde se solía concentrar la mayor parte.

Como anécdota, quiero contaros que el antaño buque insignia “República” se nos dice en wikipedia que estaba fuera de servicio en el momento de la sublevación (sólo tenía poco más de una década de uso), pero me consta que estaba activo por un testigo presencial, ya que mi abuelo cumplió el servicio militar en esta gran nave de guerra. Los tripulantes que no secundaron la rebeldía, entre ellos mi abuelo, fueron apresados y trasladados a los calabozos del cuartel de Palma de Mallorca. Entonces el servicio militar en la Marina era de 3 años. Mi abuelo ingresó en Abril de 1934, en Sevilla, así que le quedaba cumplir otro año de mili. Se declaró y era pacifista, era un hombre entrañable y querido por todos, incapaz de matar una mosca, así que no declaró inclinación política. Pero como nacido en Barcelona y de la clase obrera, los mandos no tenían clara su readmisión en el bando nacional. Familiares suyos grandes industriales, refugiados en la isla, avalaron su salida de la cárcel, y a la mínima que pudo se escapó con otros republicanos a la Península, terminando en Alcoy, de donde era originaria su familia. Paradójicamente sufrió numerosos bombardeos la ciudad de aviones provenientes de la Isla. Mi abuelo Antonio Senabre saltó de la sartén para caer en las brasas, literalmente.

Otro detalle curioso de mi abuelo: era un marino que no sabía nadar, pero me he documentado un poco y la mayoría de marinos en la Historia de España no sabían nadar. Eso de “piscina y playa” es un fenómeno moderno. Por eso el pánico a los hundimientos que siempre ha acompañado a los marineros españoles, tanto en tiempos de paz como de guerra, pero sobretodo en guerra, cuando las probabilidades eran mucho mayores de caer al agua. Supongo que es algo generalizado y no sólo de los marineros españoles. Nunca gustó demasiado el agua a los seres humanos, será nuestra herencia de cuando éramos simios.

Al margen de la confusión en los datos en momentos de guerra y caos, se ha podido documentar la maniobra de los barcos de guerra de ambos bandos en ese mes de Marzo de 1938. Los estrategas republicanos idearon un ataque que consistía en sorprender y luego dirigir al enemigo a una trampa sin salida. Para ello dirigieron los cruceros ligeros «Libertad» y «Méndez Núñez» al Cabo de Palos (Murcia) en disposición de combate, mientras cinco destructores y tres torpederas rodearían Formentera para incursionarse en la Bahía de Palma y bombardear la flota, para salir rápidos en dirección a Palos y darles encerrona.

El plan de ese 6 de Marzo no comenzó bien, pues las lanchas torpederas no zarparon desde su base en Portmán (Murcia) por el mal tiempo. De modo que los destructores de escolta regresaron a la posición donde se encontraban los cruceros en Palos. La casualidad vino cuando un día antes, el mando nacional ordenó la escolta de unos suministros hacia el sur de la Península. Navegaban los dos cruceros pesados «Canarias» y «Baleares» más el crucero ligero «Almirante Cervera». Además los acompañaban tres destructores, pero a la noche regresaron a Palma. De modo que ese día 6 de Marzo se encontraron en la ruta de Palos los tres cruceros con la flota republicana dispuesta para el ataque.

Cuando se avistan las dos flotas todavía era noche cerrada, un poco antes de la 1:00 de la madrugada. Ocurre a unas 75 millas náuticas del Cabo de Palos. Todavía muy alejados entre sí, el contralmirante Vierna ordena virar porque prefirió esperar hasta el amanecer para el enfrentamiento. tres destructores republicanos lanzaron torpedos y se ordenó seguir al enemigo. Sobre las 2:15 la mayor velocidad de los navíos redujo la distancia lo suficiente como para obligar al enfrentamiento del rival, de modo que a unos 5 kms los cruceros abren fuego sobre el «Libertad». Hubo entonces un intercambio de cañonazos, pero ninguno efectivo. Todavía noche cerrada, los artilleros no tenían experiencia en combates nocturnos.

Los destructores «Lepanto», «Almirante Antequera» y «Sánchez Bercáiztegui» lanzaron un total de 12 torpedos cuando su aproximación era de 3 kms. Casi con seguridad, los lanzados desde el «Lepanto» impactaron en el crucero «Baleares». Serían sobre las 2:20. Los dos impactos fueron letales. El primero sobre el depósito de municiones y el segundo sobre la cubierta central, falleciendo numerosos tripulantes, entre ellos el propio contralmirante Manuel Vierna y todos los jefes y oficiales del puente de mando.

Los dos cruceros nacionales siguieron su misión de escolta hasta aguas argelinas, para regresar en auxilio del Baleares más adelante y dificultar el avance enemigo ya de día. Pero el capitán de corbeta Luis González de Ubieta, al mando de la escuadra republicana desplazada, se dio más que satisfecho con el resultado. Sus destructores ya no tenían torpedos y el poder de fuego de los dos cruceros nacionales seguía siendo considerable, sobre todo el «Canarias», así que ordena el regreso a Cartagena en vez de optar por la persecución.

A las 5:00 de la madrugada el «Baleares» se hundió. Dos destructores británicos rescataron a unos 450 marineros. Durante el salvamento, el destructor «Boreas» de la Royal Navy fue atacado por la aviación republicana, con el balance de un muerto y cuatro heridos. Los pilotos parece que confundieron los buques con los del bando sublevado. Las víctimas mortales por el hundimiento del «Baleares» ascendieron a unas 750. La cifra nunca se supo con exactitud, pues varía entre los 741 y 788 según las fuentes.

 

Las consecuencias de esta gran batalla naval entre los buques de mayor tamaño de ambas armadas, no tuvo relevancia para la Guerra Civil, donde se contaban las victorias en tierra firme como las importantes. En el mar no cambió nada, pues la labor del «Baleares» fue sustituida por el crucero ligero «Navarra» (anteriormente el «República», donde sirvió mi abuelo), que se estaba modernizando desde su captura al menos, y siguió navegando hasta 1951. Continuaron las escaramuzas, sobre todo por parte de ataques aéreos sobre los convoyes marítimos, pero nunca más los grandes buques españoles se han enfrentado, ni con extranjeros ni entre sí. Victoria pírrica, como dijeron y dicen muchos. Más muertos por nada.

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