La mítica Tartessos obsesionó a numerosos arqueólogos de finales del siglo XIX y principios del XX por conocer el emplazamiento de su capital y los secretos de su cultura. Para buscarla usaron todos los métodos conocidos, incluida la Biblia, donde se la nombra como Tarsis (Tarshish) en cuatro ocasiones, aunque la única pista siempre ha sido su localización en el confín occidental del mundo conocido en la Antigüedad, es decir, la parte occidental de la Península Ibérica. No existe referencia de cultura más remota que la tartésica en Europa, cultura que se pudiera comparar a las civilizaciones de Oriente Medio, por eso se la puede considerar como la cuna de la civilización occidental.

Las búsquedas y hallazgos arqueológicos se centraron desde muy temprano en la Andalucía Occidental, sobre todo en las provincias de Sevilla, Cádiz y Huelva. Cádiz, por ejemplo, es una ciudad tres veces milenaria, siendo una de las fundaciones más antiguas de Europa, sino la más, pero por su término municipal y provincia se siguen encontrando restos que pertenecen a la Edad del Bronce, incluso se han hallado objetos que nos remontan seis y siete mil años atrás, encontrándose en los museos objetos de todas las épocas conocidas. Las investigaciones más modernas han llegado a suponer incluso que la capital de Tartessos se encuentra bajo el centro urbano gaditano.

Pero también otros hallazgos importantes han despertado numerosas incógnitas, sobre todo a la hora de configurar el ámbito espacial tartésico, que ahora llega hasta Almería y algo de la provincia de Murcia por el Oriente, el sur de Castilla la Mancha y Extremadura por el Centro de la Península, y el sur de Portugal por la parte occidental, una Tartessos mucho mayor de lo imaginado, convirtiéndola en un inmenso reino con contactos comerciales con el resto de la Península, penetrando por la Europa continental, Sur de Inglaterra, Norte de África e incluso Oriente Medio, aunque se duda de que poseyera conocimientos y embarcaciones como para emular las gestas de los navegantes fenicios y luego cartagineses y griegos. Pero a este respecto, tanto los textos bíblicos como los escritos egipcios e hititas de hace 3500 años, bien pudieran referirse a éstos como “Pueblos del Mar”, siendo los cultos de la época ignorantes y viceversa, pues quedó demostrado que los “llegados de Europa”, fueron capaces de invadir con relativa facilidad los ricos territorios del Mediterráneo Oriental en momentos dados y conocidos de la Historia Antigua.

Los hallazgos arqueológicos recientes más importantes se encuentran en Extremadura, El Turuñuelo de Guareña y Cancho Roano en Badajoz (excavado por primera vez en 1978), ambos datados entre los siglos VI al III a. de C., que fueron abandonados en condiciones similares y sin violencia. Estos restos con muchas partes intactas, pues fueron enterrados con solemnidad, nos hablan de su acentuado carácter religioso y casi nos explican el “final de una Era” y el comienzo de otra, como fue la llegada de dos grandes imperios: primero el cartaginés (púnico) y el todopoderoso Impero Romano, a la postre, la civilización antigua más importante para todo el Mediterráneo. En cuanto al concepto “reinado”, las fuentes históricas nos han dejado testimonio del único rey tartésico conocido: Argantonio, quizás el último, pues se trata de un personaje que existió a caballo de los siglos VI y V a. de C.

Quince años después de su muerte, en el 535 a. de C., ocurrió la Batalla de Alalia (isla de Córcega), cuando los etruscos y cartagineses derrotaron a los griegos por el dominio del comercio en el Mediterráneo. Los tartésicos desaparecieron desde entonces de toda referencia antigua, quizás porque serían castigados y conquistados por los cartagineses por ser aliados de los griegos. Quizás se disputó dicha batalla debido a la desaparición del gran líder tartésico, aprovechando el vacío de poder.

Vídeo sobre el Turuñuelo de Guareña

Para conocer la cronología aproximada y el espacio tartésico debemos consultar las conclusiones o estudios de los hallazgos arqueológicos. Hasta el momento se puede decir que, los restos de asentamientos urbanos más antiguos hasta la fecha, se remontan al 1400 a. de C. (Necrópolis Setefilla, Sevilla). Son restos encontrados en  montículos elevados de terreno donde dominar una gran extensión de cultivos alrededor. Las viviendas solían ser ovaladas o circulares (parecidas a los posteriores castros gallegos). Durante los cinco siglos posteriores a esta fecha, no se observan modificaciones urbanísticas ni de materiales, aunque están presentes las piezas metálicas y de orfebrería, con algunas construcciones que indican jerarquización de la sociedad, aunque con una organización “simple”. Los poblados más antiguos localizados son: Setefilla (Sevilla), Carmona (Sevilla), La Tablada (El Viso del Alcor, Sevilla), Montemolín (Badajoz), El Berrueco (Cádiz), Llanete de los Moros, Montoro (Córdoba), Colina de los Quemados (Córdoba) y Onoba (Huelva).

La similitud con las grandes civilizaciones históricas es evidente. Si en Oriente aparecen los ríos Nilo, el Tigris y el Éufrates, donde nacen y desarrollan las conocidas primeras culturas importantes , tenemos en la Península Ibérica al Guadalquivir, cuyo nombre antiguo en las referencias escritas, sobre todo por los griegos, no era más que Río Tartessos. En su desembocadura quisieron los primeros investigadores (Schulten, Bonsor, etc) localizar la capital, siguiendo instrucciones literales del Periplo de Avieno, la referencia más antigua, e incluso de autores anteriores y fuentes dudosas, pero la desembocadura resulta ahora completamente distinta a la Edad del Bronce. Si muchos investigadores localizan dicha capital en la actual Cádiz (Gadir), existe otro número considerable de expertos que apuestan por unos restos sumergidos en la misma desembocadura o bajo las Marismas. Lo que parece claro es que el entorno del Guadalquivir es Tartessos.

Entre el 900 y el 650 a. de C. los restos arqueológicos demuestran una “época de esplendor”, pues se han hallado objetos bellamente decorados y orfebrería trabajada con gran refinamiento. También de esta época se han hallado muchos objetos fuera del perímetro de asentamientos tartésicos puros, que da pie a pensar en un auge del comercio hacia todas direcciones, impulsado también por los contactos con navegantes y establecimientos de colonias de las civilizaciones ya comentadas y permitidos por Tartessos. Surge una élite de guerreros y, con toda seguridad, se domina un alfabeto para transcribir por escrito el idioma tartésico, aunque todavía no se han hallado pruebas en abundancia para corroborarlo, ni dicho alfabeto. Sobre todo hacia el siglo VII a. de C. se nota ya un gran influencia oriental, mejorando los sistemas y materiales para la Construcción, así como las herramientas de metal. Se intensifica la explotación de minerales en toda su área de influencia. La religión también modifica sus planteamientos, pues aparecen figuras inspiradas en conceptos orientales. En orden cronológico, los yacimientos más importantes de esta época son El Carambolo (Sevilla) y Tejada la Vieja (Huelva), que ya muestra una defensa amurallada y un avanzado torno de alfarero entre sus restos, señal indudable de una organización bien cerrada y liderada por élites militares (estelas de guerrero), además de una industria muy desarrollada.

Entre el siglo V y II a. de C. Tartessos desaparece como evaporada de todos los registros. En su lugar aparece Turdetania, el reino que los romanos conquistan tras su victoria contra los cartagineses en el 146 a. de C. A la zona que cruzaba el antiguo río Tartessos la llamaron Bética y al río el Betis. Existen dos yacimientos claves para el conocimiento de la disolución de Tartessos. Ambos se encuentran en Extremadura, los comentados del Turuñuelo y el de Cancho Roano. Además tenemos otro más al Norte, en la provincia de Cáceres, el de Alisenda, que se encuentra a mitad de camino entre el río Guadiana y el Tajo, y se trata del asentamiento localizado más al Norte de la Península, asentamiento datado entre el 750 al 218 a. de C., fecha en que se abandona. Probablemente fue el último enclave tartésico, con los últimos  supervivientes de dicha cultura. Está claro que tras alguna importante derrota militar, sea la de los griegos contra etruscos y cartagineses en el siglo V a. de C., sea contra otro reino de la Península, del empuje cartaginés o invasión por el Mediterráneo de una nueva cultura (turdestanos), los tartésicos fueron huyendo de Sur a Norte, refugiándose de enclave en enclave hasta sus últimos reductos, construyendo nuevos cuando no hallaron más al Norte. Sin duda, quedaron sin ejército, pieza clave para una cultura basada en una élite guerrera, por eso se explica el abandono de sus asentamientos sin violencia (aunque solían incinerar los templos antes de cubrir con tierra).

Vídeo sobre el yacimiento de Cancho Roano

Del origen de los tartésicos no tenemos referencias. Sabemos que sus emplazamientos más antiguos datan del 1400 a. de C., pero han aparecido objetos  que se remontan más en el tiempo en la zona de Andalucía: Sevilla, Cádiz y Córdoba sobre todo, sin un asentamiento relacionado todavía, pudiendo establecer un periodo tartésico de al menos el 1800 a. de C. hasta el 218 a. de C. La civilización minoica (Creta) se originó hacia el 1900 a. de C., hasta que Micenas la conquistó en el 1550 a. de C. La Hélade (Grecia) continental se configuró sobre el siglo XII a. de C. con el asentamiento de diversos pueblos griegos e influenciados por la cultura micénica.  El origen más remoto posible sitúa a los etruscos en el siglo XIII a. de C.

En la Europa continental de la Edad del Bronce solamente el pueblo celta podría reunir las condiciones de cultura o civilización, pero con multitud de “faltas”, como son un alfabeto claro o escritura, un espacio concreto de origen y desarrollo, asentamientos anteriores al siglo VII a. de C., etc. Todavía hay mucho que descubrir y analizar sobre esta mítica cultura tartésica, que día a día demuestra su realidad histórica. Fue contemporánea de la cultura avanzada minoica y no existe ningún reino continental conocido más antiguo. Por sus contactos comerciales ya desde sus orígenes, se puede decir que influyó y recibió influencias de dichos contactos peninsulares y europeos, con lo que podemos concluir que se trata de la cuna de la civilización occidental europea, por su papel desempeñado en la difusión de cultura en general por el Continente. Ahora conviene matizar qué estilos artísticos y elementos culturales aportaron y cuáles asimilaron de otros lugares, un trabajo de investigación de lo más interesante y que puede rehacer, una vez más, la ortodoxia de nuestra Prehistoria, que suele «otorgar» todos los «derechos de invención» al lugar donde se encuentra un objeto.

 

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