Desde hace más o menos un siglo, si le preguntamos a algún egiptólogo o gran aficionado al Antiguo Egipto por la XXV Dinastía de Faraones, seguramente nos dirán que fue prácticamente irrelevante en la Historia de este magnífico imperio, y en verdad resulta tan irrelevante para ellos, que ni siquiera consta dicha dinastía en la fachada del Museo de El Cairo, donde una a una permanecen grabadas en mármol, pero solamente hasta la XXIV.

Las excavaciones que se realizan al Norte del Sudán desde hace una década, corroboran lo que algunos escritos y grabados dejaban sólo entrever, casi en código secreto, sobre Nubia o el Reino de Kush, en la parte sur del Nilo: que el Antiguo Egipto se desarrolló al Sur en paralelo a sus vecinos del Norte, que existe al menos una pirámide construida en los mismos tiempos de la construcción en Gizá de las tres pirámides famosas y que la intervención del ejército nubio fue decisivo en numerosas ocasiones, desde el comienzo del imperio hasta su finalización, cuando alrededor del 650 a. de C. el Imperio Asirio y sucesivas tribus libias, se disputaron el trono de Egipto.

Cualquier aficionado a la egiptología conoce el papel tan importante que desempeñó el Reino de Kush para el Antiguo Egipto. De allí llegaban refinados tejidos, minerales, animales salvajes, mercenarios, esclavos cautivos en Centroáfrica y sobre todo oro, un material agotado en las riveras del Nilo hasta su desembocadura, pero no en las proximidades de su nacimiento. Pero lo que no se imaginaban los arqueólogos de hace un siglo es que pudiese haber surgido una dinastía de faraones negros, nubios o kushitas que llegaran a reinar sobre todo el Alto y Bajo Imperio Egipcio.

Desgraciadamente el racismo también ataca a los científicos y arqueólogos, de manera que todos los descubridores de la dinastía XXV, de casi un siglo de duración, la ocultaron o empequeñecieron deliberadamente, a pesar de que hasta los relatos bíblicos nos cuentan de su decisiva intervención, cuando evitaron la destrucción del Templo del Rey Salomón en la Jerusalén del siglo VII a. de C. El gran arqueólogo estadounidense George Reisner decidió que no era oportuno en aquellos tiempos presentar faraones negros, simplemente porque su sociedad y la gran mayoría de Occidente, no aceptarían un concepto de civilización dirigida por negros en ninguna época de la Antigüedad. Descubrió los ladrillos más antiguos de África en numerosas formas y consistencias. Encontró pirámides, tumbas, monumentos y figuras exactamente como se elaboraron también en la capital Tebas o en cualquiera de los templos que se erigieron en el curso del Nilo, pero el rostro y piel estaba pintado de negro bajo los símbolos faraónicos.

Encontrar hoy en día restos de sus tiempos de dominación sobre el Imperio Egipcio resulta una tarea bastante difícil, ya que los mismos asirios y libios contemporáneos de los últimos faraones negros, ordenaron la destrucción de todas las estatuas, figuras y grabados donde apareciese un negro en posición dominadora. Por eso casi todas las noticias que nos han legado son siempre en posiciones como enemigos, esclavos y sumisos. Pero la labor de los arqueólogos es devolverles a estos faraones negros su verdadera posición en la Historia, faraones que fueron personajes fascinantes, grandes constructores, militares y legisladores. Por ejemplo se sabe que no ejecutaban a los prisioneros de guerra, como sus antecesores blancos, sino que los mandaban a cavar obra pública hasta que se ganasen la libertad.

XXV Dinastía del Imperio Egipcio (747 al 664 a. de C.)

Pianji (Piankee) Fundador de la Dinastía en 747

Shabako desde 716 hasta 702 a. de C.

Shabitko desde 702 hasta 690 a. de C.

Taharco desde 690 hasta 664 a. de C.

Tanutamani desde 664 hasta 656 a. de C. último faraón (destituido).

Descubrir las actuaciones de cada faraón negro y su importancia en la configuración de este estado importante del Mediterráneo resulta una lectura fascinante. Desde el 2015 hasta la actualidad, se siguen excavando y descubriendo nuevos objetos y nuevas pistas sobre zonas ya conocidas del norte de Sudán, pero también aparecen en el vasto curso del Nilo pues, a pesar de reinar durante pocos años en comparación con otras dinastías, sus detractores no consiguieron destruir todas las pruebas de su existencia.

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