Bajan una vez al año y cumplimentan su informe: no les importa si tienes sueños, si tu perspectiva es optimista, si eres feliz o estás deprimido, sólo cuentan las horas y los minutos y dan la orden para que todo termine.

Trasladar nuestra filosofía obsoleta, determinante con Wittgenstein, a una cómoda relatividad de conceptos, ha ocasionado una consecución de errores sociales de catastróficas consecuencias. Einstein buscó con obsesión una unificación de las físicas, siempre en un campo teórico de la formulación matemática, cuando no se percató de que había conseguido algo más grande: trasladar la filosofía al campo científico y prometer paradojas complejas a todo lo aprendido. Con su Relatividad General postuló cualquier concepto abstracto a una categoría fundamentada. Si eres una persona generosa, desde el relativismo lo serás dependiendo de la figura del observador, y no basta con que tú lo creas ni que lo demuestres con hechos, ya que todo dependerá del juicio de otra perspectiva. Sin pretenderlo, cualquier cosa que pensemos o hagamos ha ganado más dimensiones, somos astronautas sin salir del Planeta.

Pero el relativismo no llega con los descubrimientos e ideas de Einstein, más bien tarda 25 siglos en plasmar con fórmulas lo que Aristóteles nos cuenta en su Metafísica. Por eso opino que tuvo que llegar Wittgenstein unas décadas más tarde que Albert, en plena I Guerra Mundial, para determinar con erudición que todo está dicho ya en Filosofía, hasta las modernas teorías de la física cuántica ya fueron enunciadas hace milenios por Heráclito. Entonces, ¿qué nos queda por enunciar en la Filosofía? Todos aquellos que se han admirado con Sartre y los modernos filósofos urbanos, deben caer en la cuenta de que simplemente repiten con distintas palabras lo que Petronio nos contaba de su sociedad urbana romana hace dos mil años.

¿Qué ejemplo práctico podemos analizar para comprobar el principio relativista? Los contemplamos a diario. Vemos que el Gobierno facilita ayudas para inmigrantes, ayudas que suponen una calidad de vida semejante a una clase media española, pero en cambio no se ocupa de las personas españolas caídas en desgracia, que han perdido sus hogares y tienen que subsistir sin recursos. Las perspectivas (Política) del problema son tan numerosas que podemos crear varias dimensiones para enfocar, todas ellas irresolubles, pues todas ellas tienen un fundamento y una razón. Estamos olvidando o hemos perdido casi por completo el sentido común, hasta tal punto llega nuestra sofisticación matemática (nuestra ceguera).

Para salir de esta “verdad irresoluble” los sabios del siglo XVIII convinieron un “gobierno en la sombra”: la Masonería (cuyo origen se remonta al siglo XVI en Escocia), llamada en algunas épocas también Francmasonería, una secta que dejó de ser minoritaria ante su popularidad y que tuvo gran influencia y poder hasta la terminación de la Segunda Guerra Mundial. Un ejemplo claro de sus primeras intervenciones lo tenemos en nuestra propia Historia de España, cuando Carlos IV se dejaba manejar por su “maestro” Godoy, y los contendientes franceses de Napoleón se reunían en los fumaderos de opio de Barcelona con Wellington y compañía. Mientras de día se combatía por Europa, los mismos enfundados en togas de masones, por la noche jugaban al ajedrez en las logias.

Para los teóricos del complot la existencia de una secta tan poderosa les embriagaba. Tras la Segunda Gran Guerra proliferaron nuevas sectas inspiradas en la ya demasiado extendida y menos secreta masonería. Surgieron nuevas mucho más elitistas y secretas, también más poderosas, entre ellas el Club Bilderberg (que se reunieron el pasado mes de junio una vez más para “repartir el pastel” entre los poderosos). Todos estos “sabios” que convergen en sociedades secretas ya son más que conscientes de que los principios filosóficos están obsoletos, que la ética o moral es simplemente una opinión dependiendo del observador (¿La prensa? ¿La opinión pública?). La irrupción de sectas desconocidas enfrentadas en secreto al aparato del Sistema, es la única vía para cambiar las cosas de orden. Fue la intervención de los Hombres del Tiempo en Estados Unidos lo que frenó la Guerra de Vietnam y precipitó la primera caída de un Presidente en dicho país. Nadie sabe quiénes constituían dicho grupo revolucionario, ni quién lo creó, pero supieron dar la vuelta a lo establecido por otras sectas hasta entonces intocables. Nixon fue masón, como todos los presidentes hasta Clinton (primer Presidente que no lo fue), luego algo estaba surgiendo en la década de los 70s, algo que tiene que ver con la tecnología y que ha desembocado en la globalización de todo el Planeta.

Intentar decidir si un gobierno actúa para el bien común o si Anonymous actúa correctamente denunciando a éstos, sigue siendo una perspectiva dependiente del observador. Lo único cierto es que para contrarrestar una secta secreta no hay más remedio que formar otra contrapuesta e igual de secreta o más, así que nuestro mundo parece una cebolla formado por capas sociales que se superponen sin mezclarse nunca. Eso es nuestra humanidad: una cebolla. Será la tecnología y el poder de manipulación de las masas, como siempre ha sido, la que determine la fuerza de cada secta, simplemente para generar más recursos y riquezas personales, ambición que termina cuando el interesado acaba en la tumba. Una cosa es cierta, tanto el interesado como el observador tienen fecha de caducidad.

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