El símil de que la vida es como una partida de Póker me ha resultado siempre llamativo por su agudeza, y si eres conocedor de las reglas fundamentales, te parecerá sorprendente que englobe lo trascendente de nuestra existencia, como es lo social y lo económico. En esta gran partida de seis mil millones de personas, parece que no hay reglas, pero este juego, perfilado en la Europa más ancestral, se rige por unos parámetros inamovibles y gira en ciclos repetitivos marcados por la baraja (Dios o el azar), de modo que leyendo el pasado (revisando las jugadas o sabiendo contar las cartas) se puede predecir el futuro.

En una partida de cinco jugadores, tenemos al opulento, al que llega con un fajo de billetes y los sitúa delante suya alardeando. Cambia mil euros en fichas y pretende ir a todas las apuestas asaco. Otros tres jugadores cambian doscientos euros y pretenden estudiar cada mano con especial dedicación, calculando las probabilidades y pasar cuando corresponda. Por último tenemos al quinto jugador, que ha pedido cincuenta euros prestados para poder participar y esperar redoblar la cantidad con algún golpe de suerte.

En las películas el quinto jugador da una magistral lección a los demás y se lleva todo el dinero de la mesa, pero en la vida real eso no ha ocurrido nunca ni nunca sucederá. Resulta una simple cuestión de sentido común reconocer que no existe la posibilidad de igualar una apuesta de mil euros con cincuenta. Para que eso ocurriera, el de cincuenta debería ganar consecutivamente cuatro o cinco manos seguidas apostando todo su dinero, pero el de mil euros no lo permitiría, ya que sólo debe aumentar la apuesta de manera que el de cincuenta no pueda cubrirla. Existen partidas cerradas, donde los cinco jugadores inician las hostilidades con la misma cantidad, pero en las abiertas, el de cincuenta euros se ve obligado a pedir más dinero prestado si quiere igualar la apuesta, que es lo que ocurre en la vida real.

Hemos visto por encima el dilema que existe entre los extremos: a uno le sobra y a otro le falta para jugar ambos una partida sin condicionamientos. Uno farolea, se ríe, se divierte, saca un póker de vez en cuando. Mientras, el otro parece estreñido y rezando para que le salga una buena mano por seguir en la brecha. Los otros tres jugadores recogen los errores cometidos desde los extremos, de modo que parecen compinchados, cuando no es más que simple cautela, esperando su momento para hacer saltar la banca. Se trata de la clase media: culta, próspera y cobarde, como siempre ha sido.

Los tres de doscientos euros están a un paso de convertirse en extremos: pueden conseguir un par de manos satisfactorias y acercarse al de mil euros, o todo lo contrario y en tres manos quedarse con cincuenta. Así de fácil resulta moverse en sociedad: una pequeña racha de suerte. El inconveniente de encontrarse en esa zona media estriba en que molesta al de mil euros y es ambicionado por el de cincuenta, así que encuentra a estos feroces enemigos en cada mano, pues son los peldaños para alcanzar el mayor premio. Otro hándicap lo encuentra en sus “iguales”, ya que no se tragan entre si y desean los tres abandonar la comodidad de sus status para ascender cuanto antes hasta la estrella, sugestión que le supone cometer errores.

La partida de póker resulta en poco tiempo una paranoia colectiva. Es un simple juego, pero se torna en algo trascendental que convierte a los comensales en feroces enemigos irreconciliables, capaces de mentir, fanfarronear, amenazar, y poner un amplio repertorio de muecas, casi siempre simpáticas cuando, en cambio, se odian a muerte. Así es la vida real: una gran hipocresía que de vez en cuando explota violentamente.

Avanzando la partida, los tres bloques definidos de jugadores sospechan unos de otros. Las matemáticas del caos siguen su curso, como también las acusaciones. Ya creen conocerse: cuándo uno lleva tres reyes o una pareja pelada, simplemente por su mueca o postura. El de mil euros ha incrementado considerablemente su fortuna, dos de doscientos están en las últimas y el de cincuenta abandona la mesa para ver si alguien le presta algo para seguir jugando. Al término de la partida, el de mil euros se retira con 1300, ha dejado a dos de doscientos con cincuenta y al de cincuenta en la más absoluta de las miserias. El otro ganador era uno de doscientos que ha quedado con doscientos cincuenta euros. El caos ha determinado una reducción de la clase media, un aumento de la pobreza y también ha permitido que el rico lo sea más que antes.

Las excepciones resultan muy literarias. Existen personas que juegan la partida con valentía y terminan siendo deportistas de élite o estrellas famosas del cine o la canción. Además se exhiben en los medios como si cualquiera pudiese conseguir una escalera de color, pero en realidad son un porcentaje tan mínimo de los seis mil millones de personas que somos, que se deben considerar como meras anécdotas. Además, gran parte de estos “ganadores” que partieron con cincuenta euros prestados, por mucho que hayan ganado, siguen jugando hasta que lo pierden todo.

Podemos encontrar partidas con jugadores en proporción distinta a la anterior. Por ejemplo a dos “opulentos”, más uno de clase media y dos que han pedido una pequeña cantidad prestada. El resultado varía así como el desarrollo, pero no en su esencia, ya que uno de los opulentos se quedará la mayor parte, la clase media aumentará y uno o varios quedarán en la más absoluta de las miserias. Así es el Póker, así es la vida: unos ganan y otros pierden, hoy tú, mañana yo. No hay que rendirse y jugar con valentía.

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