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Cuando visité por primera vez el pequeño pueblo de Castell de Guadalest, provincia de Alicante, quedé muy sorprendido por muchas razones. En primer lugar me encantó su lago azul (pantano) que se puede contemplar si te diriges en dirección al mar y llegando por la carretera del interior. Pero antes de llegar a Guadalest, pudimos ver un cartel de un pequeño pueblecito: Abdet, que no se veía desde el camino y tuvimos que acercarnos al margen para observar un maravilloso núcleo de casitas, como en la “Mil y Una Noches”, todas blancas y luminosas como nunca había visto. En este pueblo de nombre árabe se encuentra uno de los trinquets para jugar a la pelota valenciana más antiguos de toda la Comunidad, datado en 1772. Hoy en día es un fantástico lugar para practicar turismo rural.

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Pasado Abdet aparece un cartel que conduce a Beniardá, que se encuentra cerca del lago, pero nosotros nos dirigimos hacia Guadalest, que se localiza justo después del lago. Resulta curioso que la perspectiva desde la carretera del interior sea completamente distinta a la belleza que se contempla cuando llegas desde la costa, precisamente porque el “peligro” durante siglos llegaba desde el mar y los castillos y las torres vigías que, a centenares, cubrían la costa levantina, se orientaban hacia el mar para vigilar y avisarse unas a otras de una posible incursión enemiga. Por eso no me dijo gran cosa Guadalest desde una primera perspectiva, aunque la cuesta empedrada y los muros antiguos, bien conservados y limpios, de sus edificios y defensas, mimetizados en la roca natural, me sorprendieron gratamente. Cuando vi la peña con el castillito (campanario) encima, la Torre, como allí la llamaban, comenzaría a fascinarme, pero todavía más cuando ascendimos por sus callejuelas, con las puertas de las viviendas abiertas y las señoras sentadas a la sombra, tejiendo mimbre o tallando la artesanía que luego se haría famosa. Os hablo de hace más de 30 años y de una localidad que apenas superaba los 150 habitantes.

pasaje guadalest

En esa época el turismo de interior no interesaba demasiado, pero un museo de miniaturas abierto unos años antes, recibía muchos turistas que desde Benidorm llegaban en autobús durante el verano. Hoy en día existen 8 museos abiertos, de distintas temáticas y Guadalest está muy dedicada al turismo, instalando en el lago hasta un barco solar para navegar por sus azuladas aguas. Residen unos 260 habitantes de forma permanente, pero el turismo rural hace crecer considerablemente la cifra, sobre todo en verano.

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Hace 30 años descubrimos que sus habitantes no usaban el idioma castellano. Solamente lo hablamos en el único restaurante que había a los pies de la empinada cuesta principal y que subía hacia el interior del pueblo, separado por una muralla natural de roca. Los souvenirs se exhibían colgados por las fachadas de las viviendas y hasta las sillas de mimbre donde se sentaban se podían comprar. Cuando hablábamos mi hermano y yo, enseguida los guadalestinos (castelluts en valenciano) adivinaban nuestra procedencia, a pesar de que hay centenares de municipios solamente en la provincia de Alicante. Ninguno de ellos erró al situar nuestro acento valenciano, una cuestión que sorprende cuando se es muy joven y que da la práctica del hablar y escuchar como mayor dedicación en la vida, aptitudes que se pierden con las nuevas tecnologías. También ayuda mucho la tradición, pues nuestra ciudad natal, Alcoy, tenía la misión de velar por esa ruta de la costa con su ejército durante siglos (desde 1425 a 1799, año en que se disuelven las milicias valencianas), hecho que demuestra una gran relación entre mi ciudad y toda esa zona montañosa que termina en las playas de Villajoyosa, Benidorm y Altea.

casa orduna

Guadalest mejoraba a medida que ascendíamos. En el laberinto de callejuelas observábamos arcos de punto de seis siglos de antigüedad insertados en construcciones modernas. Algunos lienzos de muralla medieval servían de refuerzo a los chalecitos más sofisticados y de reciente construcción, pues se estaban acabando en esos momentos. La Plaza del Ayuntamiento, la Casa Orduña, eran edificaciones históricas, pero realmente primitivos son los restos del Castillo de San José en lo más alto del cerro, datado en el siglo XI y posiblemente asentamiento también de los primeros moradores. De esa época también se conserva la Prisión que se encuentra en los bajos del Ayuntamiento.

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Por la parte más alta también descubrimos un pequeño cementerio, pues en la Edad Media se enterraban a los muertos en el interior de las poblaciones. Recuerdo que mis apellidos se encontraban a decenas, los dos, y me impresionó bastante. Las tumbas más antiguas databan del siglo XIX, pero era mucho más antiguo, al menos del XVII, obligados a “reutilizar” por el poco espacio disponible. Probablemente era un campo santo incluso anterior a la Edad Media. Ya desde lo alto se vislumbraba el bello pantano, en imágenes del valle que no se olvidan, y los restos del Castillo, cercano a los del Castillo del Rey y a las construcciones defensivas, me podía hacer una idea aproximada de la importancia estratégica del lugar, paso obligado si querías alimentar a un ejército e invadir el interior montañoso, rico y fértil del norte de la provincia de Alicante. Guadalest es uno de los pueblos más visitados de España y, para mi, también el más bello.

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