La paradoja que se encuentran los investigadores de lo “paranormal” es descubrir que lo “anormal” deja de serlo cuando le ocurre a todo el mundo. Cuando escuchas testimonios sobre las experiencias vividas en dichos fenómenos y te resultan ya muy familiares, dejan de tener interés, se dejan de considerar “fenómenos” para asumir que son habituales y que simplemente no sabemos darle explicación por ignorantes. Probablemente programas como Cuarto Milenio nos han acercado más que otros a todas estas noticias que hace medio siglo copaban titulares en todo el mundo, pero también hemos sufrido un “efecto secundario”, pues ya no nos resultan tan “extraños” y los fenómenos se convierten en anécdotas normales y que casi todos sufrimos alguna vez. Estamos asumiendo que no controlamos nuestro entorno y, al menos a mi, los debates entre los tertulianos de este programa de televisión me resultan ya “insípidos” la mayor parte.

Os copio un correo electrónico que mandé a dicho programa a mediados del año 2013 contando una anécdota de mi niñez. El relato no les interesó y llego a la conclusión de que no interesó por “cantidad”, es decir, he pensado siempre que me sucedió un fenómeno único, pero probablemente todos los que pasan un trance al borde de la muerte experimentan lo mismo que yo en mi niñez y somos más de lo que yo creía. Pero el hecho de escribir lo sucedido, contar y compartir la experiencia, me liberó de un gran peso que arrastraba durante 40 años. Siempre llevaba en mi memoria el recuerdo de aquel accidente, como un trauma grave psicológico que me hacía plantear la vida de una manera particular, pero desde que lo conté públicamente ha quedado en una simple anécdota. Por eso os recomiendo que si habéis padecido alguna aventura “inexplicable”, la contéis y sin temor a ser despreciados por ignorancia.

Visita al más allá

 

Estimados Iker, Carmen y equipo de Cuarto Milenio,

 

En primer lugar quería felicitaros por El Programa, y lo pongo en mayúsculas porque hasta la fecha, no creo que exista en el mundo un programa mejor hecho y presentado sobre una temática “apartada” como son los fenómenos insólitos o extraordinarios. Si, sabemos que todo es mejorable, que alguna sección debería tener algo más de tiempo para desarrollarse con plenitud, como “la videoteca”, pero el formato y desarrollo de Cuarto Milenio es por ahora el mejor que se ha hecho en la Historia de la Televisión. Por ello quiero transmitiros a todos mi más sincera enhorabuena.

Sé que es algo tarde para contaros lo que me ocurrió hace casi 40 años, pero lo hago confiado en mi contribución para el estudio de algunas cuestiones de tipo paranormal o fenómenos inexplicados. Estos fenómenos los sufrí en total soledad, sin comentar nunca con nadie, analizando tranquilamente lo ocurrido, mirando y leyendo a especialistas como vosotros y contrastando posteriormente mi experiencia con mis propios y limitados conocimientos de matemáticas, física, filosofía, etc.,  de manera que si hay algo que recuerde de mi niñez y casi como si fuese ayer, es aquel verano de 1974. “Más vale tarde que nunca”, como se suele decir. ¿Por qué digo matemáticas, física, etc.? Pues porque lo ocurrido en aquel verano, siendo el protagonista, cual efecto de la teoría del caos, repercutió en mis tres hermanos, de manera que los cuatro, en mayor o menor medida, estuvimos al borde de la muerte, aunque sólo yo experimenté ese alucinante viaje.

Todo lo que os voy a contar sobre mi accidente está en un expediente de la Comandancia de Marina de Cartagena, firmado por mí a nombre de Antonio Luis Ferrando Senabre, ya que con 8 años, todavía no había creado mi rúbrica personalizada. Al día siguiente la creé y sigo con ella desde entonces, sin modificarla. ¿Por qué del expediente? Sencillamente porque se me galardonó con la Cruz Roja del Mar, por ser la 100ª persona que se ahogaba en esa zona, en no sé cuántos años, siendo el único en sobrevivir. Me gustaría saber si se guarda todavía dicho expediente, sería curioso leerlo, ya que la cruz roja, prueba y recuerdo de aquellos hechos, la perdió el despistado de mi hermano mayor poco después de recibirla.

Lo que más me llama la atención es que nunca he visto una consecución de fenómenos encadenados, típicos de las experiencias cercanas a la muerte, en tan breves lapsos de tiempo y sufridos por una sola persona. Siempre he leído o visto a personas contar uno sólo de los fenómenos, a lo sumo dos y por eso me he animado a escribiros, además reitero lo expuesto al principio: he llegado a algunas modestas conclusiones.

 

El verano de 1974, en julio o agosto, la familia nos trasladamos a la playa de Mazarrón, Murcia, tal y como solíamos hacer cada verano, cambiando de destino turístico cada año, pues a mis padres les encantaba conocer todo el Levante español, desde Murcia a Cataluña. Solían durar 15 días dichas vacaciones. Al segundo día ya nos pusimos el bañador los tres hermanos para pasar el día en la playa. El mayor tenía entonces 11 años, le seguía con 8 y el pequeño con 5 años de edad. A pesar de nuestra corta edad, estábamos acostumbrados a manejarnos solitos y nuestros padres confiaban plenamente en nuestras cabezas. Mi madre cuidaba de un bebé de 6 meses, mi hermanita más pequeña, así que mis padres nos recogerían para la hora de la comida.

Tras unos largos en el agua de mar, chapoteos y juegos, llegamos al medio día, tomando el sol sobre las toallas y ya algo aburridos de no hacer nada. Al poco, mi hermano mayor se fijó en un espigón, formado de enormes piedras que se adentraba en el mar cual largo brazo y de un salto, agarró la toalla y corriendo gritó: “vamos a cazar cangrejos”. Y en unos segundos ya nos encontrábamos los tres hermanos sobre las rocas. Las mismas no estaban situadas en perfecta línea recta, sino que formaban entrantes y salientes de manera irregular, así que era perfecto para agarrarse y buscar animalillos o simplemente escudriñar entre las oquedades. El único que sabía nadar era mi hermano mayor, así que prohibió al pequeño cualquier intento de acercarse al agua y a mi me hizo prometer que me mantendría agarrado a las rocas, sin soltarme en ningún momento. Así estuvimos un buen rato, nosotros dos de espaldas al mar y el pequeño guiando nuestros movimientos en busca de cualquier objeto o animal que pudiésemos observar y cazar.

 

De repente un golpe de mar nos engulló a mi hermano y a mi, succionándonos hacia lo profundo, como si se hubiese abierto un tapón en el suelo marino y quisiese engullirlo todo. Siempre he dicho que era un remolino, pero recuerdo muy bien que no girábamos, la definición más acertada es “succión”, pues recuerdo que mi hermano nadaba y no avanzaba ni un milímetro, pero él se encontraba al borde de esa área tumultuosa y con unas largas brazadas consiguió salir, con toda la espalda llena de señales de arañazos míos, señales de desesperación y ya comencé a tragar las primeras bocanadas de agua. Enseguida me hundí en el agua. En ese primer estado de angustia, fue cuando me pasó por delante de mis ojos, como si fuesen miles de fotogramas encadenados, mis 8 años de vida, en apenas una décima de segundo. Vi el momento en que nació mi hermano pequeño, la plaza de un pueblo, a mis padres en diferentes situaciones, la guardería con mis amiguitos, el cole durante los últimos años, mis abuelas comprando en el mercado, etc, un impresionante poder de recuperación de la memoria que es imposible de imaginar por ninguna persona cuerda. Vi hasta cosas que recordadas después, no sabía que se encontraban en mi memoria. Con los años he ido olvidando todo lo que vi, porque los recuerdos se van almacenando y, “escondiendo” otros, en una selección que no puedo comprender, pero todavía retengo algunos de ese lapso.

En pocos segundos perdí la consciencia, fue cuando vi, al fondo de un haz de luz poderoso, a media altura del cielo, dos siluetas en la lejanía. Una era masculina y estaba apoyado sobre su espalda en algún plano que no podía ver, fuera del haz, mirando tranquilamente, como en esas típicas fotos de la gente mayor o de épocas pasadas, sombrero y bastón, como diríamos ahora: “muy chulito”, esperando al tranvía o, como en este caso, los acontecimientos. A la derecha pude ver otra silueta, esta vez femenina, de largo faldón y el pelo recogido. De pie y de cuerpo entero, mantenía una posición como de “brazos abiertos”, mirándome y como esperando para recibirme. Curiosamente sabía que me miraba, pero no tenía rostro. Al mismo tiempo, me eran familiares. No pude ver las expresiones de sus caras porque los dos estaban faltos de color, se veían completamente negros, más que las sombras producidas sobre fondos blancos. En esa especie de túnel las distancias no obedecían a los sentidos de nuestra dimensión. No estaban lejanas ni cerca aquellas formas, tampoco era un túnel estático ni la luz llegaba a cegarte a pesar de ser comparable a la del Sol. El único fenómeno que se asemeja a lo que presencié, son los agujeros de gusano, donde el tiempo y el espacio no se corresponden con nuestras percepciones. Más tarde miré de simular lo ocurrido y me di cuenta de que cualquier figura humana, en la situación en que estaban esas figuras, se hubiesen visto, con dificultad, pero sin perder por completo el color. Sólo cuando las personas se encuentran al principio de un túnel y la luz incide de forma determinada, aparecerán como siluetas negras, tal y como las vi. En definitiva: en nuestro mundo y con nuestros sentidos, no habríamos podido ver nunca a esos seres. Tampoco me dijeron nada, quizás porque no había oxígeno (aire), pero estimo más la posibilidad de que no tenían la facultad de comunicarse como nosotros y que son seres “negros”, faltos de color, como sombras que cuanta más luz más negros se ven. Por último, intenté relacionarles con algún antepasado fallecido. Con el hombre me resultó fácil relacionarlo con mi abuelo paterno, pues era delgado y correspondía más o menos a la fisonomía. Murió en 1930, así que no lo pudo conocer ni mi padre, pues tenía 2 años cuando falleció. Pero para la mujer me resultó más difícil. Mis abuelas e incluso una bisabuela estaban con vida entonces. Por la fisonomía me pareció una bisabuela por parte de padre también, así que estaría mi abuelo y su suegra esperándome, pero son meras conjeturas. Creo fielmente que allí me esperaban dos miembros, uno de cada rama familiar, representando el 50% cada uno de mi árbol genealógico y que la luz es un fenómeno más que conocido, si no, qué significa “dar a luz”, la expresión más elegida, que es pasar al mundo del color, de la vida, al igual que en la muerte, pasamos a otro “estadio” de la luz, a otra vida.

 

A partir de ese momento se suceden varios momentos en que retorno a la consciencia, donde me sorprendo primero sumergido, con el agua al nivel de la mitad de mi boca. Parece que ya no podía tragar más agua, había dejado de luchar por salir y el mar me llevó varios metros alejado de las rocas y lentamente en dirección a mar abierto. La siguiente vez que recobré el sentido, me encontraba acostado boca arriba, en un estado de bienestar indescriptible, flotando, completamente feliz. Un chico altísimo me cogió en brazos. Ya no recuerdo nada más hasta que sentí un tumulto a mi alrededor. Estaba sobre la arena tendido. Varias personas manipulaban mi cuerpo: me estiraban los brazos, me cambiaban de posición, me practicaron el boca a boca, podía ver y escuchar  perfectamente lo que decía cada uno de ellos. Una señora de cabello moreno, de unos 40 años, muy bonita, intentó practicarme los primeros auxilios y fue con la única que noté salir agua de mi organismo, a pequeños regueros, ladeado sobre la arena. Intenté comunicarme con ellos, pero ni podía hablar ni moverme. Recuerdo perfectamente que en el momento de más lío, cuando nadie de los presentes sabía qué hacer, me contemplé a mi mismo tendido en la arena, a unos metros de altura por encima de las cabezas, pudiendo ver y escuchar a un radio de varios metros. Cobraba el sentido y de pronto volvía a caer en un sueño profundo, repetidas veces. De todos esos intentos por reanimarme, recuerdo perfectamente al chico delgado y alto que me llevó hasta la arena, chico que convenció mi hermano para que me “salvara” y a esa mujer morena. Mi hermano me contó después, que se volvió completamente loco ya que todos pensaban que estábamos jugando.

En la Casa de Socorro me atendió un señor. Parece que ya me iba recuperando. Me inyectó una jeringuilla con un líquido negro y me dio varias cucharadas de café. Pero mi único deseo era dormir, volver a ese estado de felicidad tan apacible. Enseguida defequé. Creo que la mayor parte del agua salió por el ano porque estando en el Hospital General de Murcia seguí evacuando. Mi madre me mantuvo despierto a base de bofetadas durante el trayecto hasta el Hospital, así que se tornó una lucha entre ambos. Le dijeron a mi madre que por ningún concepto debía beber líquido ni dormirme, pues podría morir, así que mi madre procuró por todos los medios que no me durmiera. Pero yo sólo tenía dos metas: beber y dormir. De todas las personas que intentaron reanimarme, mis padres sólo pudieron agradecérselo al hombre que intentó reanimarme en la Casa de Socorro, así que aprovecho esta ocasión para darle las gracias al chico que me sacó del agua, pues fue el que me salvó y a la mujer del cabello moreno, pues fueron ambos quienes me volvieron a la vida.

 

Por último hay un gran detalle que posteriormente me llevaría al extraño planteamiento de que todo aquello fuese una “maldición” o algo por el estilo, pero una maldición que no acabó fatalmente. ¿Qué pasó con mi hermano pequeño? Con el grande sabemos que escapó de la muerte casi de milagro, porque tuvo que luchar contra el mar y contra mis arañazos, ambos muy decididos a que terminase ahogado. Pero mi hermano pequeño se había perdido. Tenía 5 años, en una población que no conocía y no sabía volver a los apartamentos donde nos alojábamos. Mi hermano mayor, después de llevarme a la Casa de Socorro, corrió a avisar a mis padres. Absolutamente todos habían olvidado a mi hermano pequeño. Mis padres, con un gran susto, decidieron dejar a una pareja de recién casados a mi hermanita de apenas 6 meses, un bebé muy delicado y que necesitaba de mucha atención. Mientras tanto, el pequeño cogió de la mano a unos extranjeros para que lo llevasen a casa. Según contó, estuvo preguntando, a todos los que pasaban por la playa, por unos apartamentos azules, pues era la única referencia que guardaba de nuestro alojamiento. La casualidad (¿O no?), hizo que una pareja de veraneantes lo acompañaran hasta un bloque de apartamentos azules (hay docenas de ese color) y dándoles las gracias, se apuntó a un partido de fútbol con los vecinos. Así lo encontraron, jugando en la gravilla de la entrada, al fútbol, sin comer ni merendar, totalmente evadido del tiempo y del espacio. Cuando mis padres cayeron en la cuenta y subieron todos al apartamento, encontraron a mi hermano mayor agotado por todo lo ocurrido, acostado y contó que buscó al hermano pequeño hasta bien pasada la media tarde. Que volvió desesperado, preguntando por todo el pueblo, mientras éste jugaba al fútbol en la misma entrada del complejo. Así que se tumbó destrozado de cansancio pero aliviado. Pero algo grave iba a ocurrir cuando recogió mi madre al bebé. Los vecinos, también agotados, le comunicaron que el bebé comenzó a llorar como una desesperada, sin descanso y que le pusieron en el chupete algo de leche condensada y callaba, pero al momento se arrancaba de nuevo con los lloros. Más de media lata de leche condensada le dieron, así que tuvieron que ingresarla de urgencia en Pediatría del Hospital. Sobrevivió de milagro.

Cuando me dieron la segunda inyección de penicilina y me desmayé, que era lo único que nos retenía en Mazarrón, mi padre ordenó: vámonos ya, pues alguien o algo nos ha echado mal de ojo ¿Una maldición para los cuatro hermanos? ¿Un aviso? Todos sobrevivimos, por supuesto, pero la historia está compuesta por un cóctel de accidentes y sucesos encadenados que la casualidad no nos satisface como posible y única respuesta. Mi abuela paterna, tras contárselo, me dijo: “mira, lo único que llevabas era la medalla, la que te regalé hace dos meses para la comunión. En una cara está Jesús y en la otra la Madre de Dios. Te has salvado porque te han protegido”.

 

Nunca le conté lo del haz de luz a nadie hasta hace poco y sólo a algunos miembros de mi familia. Seguramente mi abuelita me habría dicho, sin dudar, que en esa especie de túnel, una figura era Jesús y la otra la Virgen María. He sacado muchas conclusiones de esta experiencia, todas muy válidas, hasta la de mi abuela, ya que después me sucedieron otros accidentes mortales y nunca he perdido esa medalla, que aún me cuelga del cuello. ¿Secuelas? Creo que me quedaron secuelas físicas. Ya me dijeron que no habían encontrado algas microscópicas en el corazón, pero mi cuerpo se ha ido desarrollando de una manera y, como menos, curiosa. Siempre he sido muy delgado, delgadísimo desde entonces, pero se me daban muy bien los deportes de resistencia, los deportes en general.  No me parece normal en alguien que ha sufrido tanto castigo físico. Seguramente mi metabolismo se vio afectado por aquel suceso, pero no sabría decir si negativamente. Pero donde más lo he sentido es en el aspecto psicológico, emocional. Perdí todo el respeto a la muerte. En ese tiempo no era consciente de tal acontecimiento, no tenía claro el concepto de muerte, pero el estado, durante el ahogamiento, fue tan feliz y gocé de tal bienestar, que para mi la muerte es como otra etapa más de la vida, en el que sólo cambiaremos nuestro cuerpo, nuestro recipiente, para pasar a otro estado de consciencia. Los fenómenos que sufrimos de forma aislada obedecen a lapsos temporales y dimensionales. Por entrar en comparaciones, es como si fuésemos ordenadores y reseteáramos o reiniciáramos, la memoria queda almacenada, sólo debemos darle energía para poder acceder a ella. En el otro “estadio”, es otra la energía y se activa al presionar el botón de apagado en esta dimensión.

 

Espero que encuentren este relato verídico interesante y me tienen a disposición para cualquier cuestión que suscite el mismo. He intentado resumir todo lo posible, pero me he dejado algunas cosillas, quizás porque no las he visto relacionadas.

Un gran abrazo,”

Toni Ferrando.

One thought on “Carta enviada al programa Cuarto Milenio en 2013

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