La participación española en la Guerra de Independencia de los Estados Unidos de América fue fundamental para que tuviese el fin conocido. En el año 2014 se le tributó por fin honores en el Capitolio al militar Bernardo de Gálvez, gracias a la insistencia de la también malagueña Teresa Valcarce. Sin la ayuda española en dinero, recursos, material militar, logística y soldados, el ejército británico sin duda habría terminado con una rebelión orquestada por los comerciantes insatisfechos que, armando una milicia improvisada de entre los miles de granjeros y campesinos de las 13 Colonias, poco o nada tenían que hacer contra el mejor ejército del mundo.

En los años 80s, cuando leía documentación del Archivo Municipal de mi ciudad natal, Alcoy, cayeron en mis manos unas páginas curiosas, la mayoría correspondencia entre Valencia (Obispado, Tribunal, etc.) y entre el Corregidor (Gobernador era la palabra más usada) y la Villa, fechada entre los años 1774 al 1778. El asunto que trataba no era otro que la demanda de 3000 libras de oro para la ayuda a la Independencia de las Colonias Británicas de Norteamérica. Se remarcaba como Real Orden (Carlos III), y la Villa intentaba reducir dicha cantidad de dinero, pues suponía la producción total de sus fábricas y comercios durante 10 años. Habiendo 34 villas reales en el Reino de Valencia, el Cabildo Alcoyano no entendía que tuviese que “participar” con un 10 % del total aportado por dicho Antiguo Reino de Valencia. Pero las protestas no sirvieron de nada, se entregó la suma y Alcoy sufrió más de una década de verdadera penuria económica.

Lo mismo que en mi ciudad natal, el resto de ciudades españolas tuvieron que participar con dinero o recursos a la causa estadounidense. Eso es algo que no se escribe en los libros de Historia, del mismo modo que se gestan los héroes “unipersonales”, que aparecen como los ganadores de las batallas y se olvida a los soldados que elevaron a gesta la victoria. Las ciudades costeras construyeron embarcaciones de guerra y transporte sin cobrar nada a cambio. Las ciudades ganaderas y agricultores, entregaron cosechas y ganado a cambio de nada. Las ciudades industriales (pocas) y comerciales, contribuyeron con oro y armas o manufacturas sin recibir compensación alguna.

Si nos elevamos a “Estado”, el esfuerzo económico se puede comparar con la actualidad solo de manera aproximada. Es equivalente a si España contribuyese ahora con unos 300.000 millones de euros, es decir, casi lo que se recauda en impuestos anualmente. Muchas localidades quedaron mermadas pero otras participaron con lo que tenían, bien poco, así que ni lo notaron. Pero el impacto podemos decir que era equivalente a dicho esfuerzo económico. Los esfuerzos políticos de Benjamín Franklin en sus estancias en París (Embajador desde 1775 al 1778) obtuvieron los frutos deseados, pues convenció a las monarquías francesa y española, y a los masones más influyentes, para que contribuyesen y se involucraran al máximo contra el inglés, el enemigo común.

Uno de los más grandes estadistas de todos los tiempos, el Conde de Aranda (elogiado por el mismo Voltaire, realizó el primer censo de población en España en 1768), consejero de Carlos III, lo vio muy claro entonces. Presentía que las 13 Colonias no se conformarían con unas exiguas fronteras tras su Independencia, y que en su expansión vulnerarían el pacto con España, conquistando “a las buenas o a las malas” La Luisiana, La Florida y México del Norte (Tejas, Nuevo Méjico, California, etc). Carlos III, uno de los mejores monarcas de la Historia de España, terminaba a grito pelado con su consejero por esta cuestión pues no admitía el argumento, que todavía se empeoraba más cuando escuchaba la solución dada: “Designe 3 Virreyes. Separe todas las colonias en 3 Virreinatos grandes y poderosos, porque está claro que imitarán la revolución del Norte tarde o temprano, así, siendo libres los 3 grandiosos territorios, podrán rivalizar de igual a igual al Coloso que se formará en el Norte”(no es un texto literal sino resumido). Por supuesto el Rey y el Conde se enemistaron, por ésta y otras cuestiones, y la Monarquía continuó su política colonialista, que a la larga terminaría como es sabido.

La Batalla de Pensacola se desarrolló desde el 9 de marzo al 8 de mayo de 1781. El Gobernador de Luisiana y Capitán General Bernardo de Gálvez, llegaba de conquistar Mobila (Mobile) para los insurgentes y tomar el Fuerte Charlotte entonces en poder de los británicos. Dirigía un ejército de 7.000 soldados provenientes de todos los puntos del Imperio y de muchas naciones (Francia e Irlanda) y todos los tonos de piel (blancos, negros, mestizos y cobrizos), reunidos primeramente en Cuba para desplazarse a La Luisiana. El grueso de la tropa lo componían 3675 granaderos españoles que desfilaban bajo los sones de lo que terminaría siendo nuestro himno nacional. Desde allí dirigió una campaña triunfal que terminaría en una gran batalla cerca de Pensacola, acompañados por una armada de 32 navíos de guerra españoles y 4 franceses. La guarnición británica se componía de unos 3500 soldados y unos 155 cañones. Más de la mitad de los soldados eran indios. Además poseían varios buques de guerra, al menos 2 fragatas para defender la Bahía de Pensacola.

La aproximación a la isla de Santa Rosa fue accidentada por desavenencias entre Gálvez y la Flota desplazada. Pensaron que sería la zona más defendida por los británicos, pero se tomó sin apenas esfuerzo, y para probar que no había peligro para los barcos españoles, Gálvez saltó a su buque insignia (el bergantín Galveston) y cruzó él solo el canal y desembarcó (con su guarnición de soldados), para dar ejemplo y pruebas de su gallardía a su ejército y Flota. Se hizo famoso entre los revolucionarios el grito “yo solo” (lema de su futuro escudo de armas) y por su valentía y entrega a la Causa se le consideró “Padre Fundador” de los Estados Unidos. El día 23 de Marzo unos 4000 soldados asediaban los fuertes británicos. Durante varias semanas los españoles trataron de aproximar la artillería pesada al Fuerte de la Reina, cruzando disparos contra los defensores mayoritariamente indios. Llegaban refuerzos continuamente desde Nueva Orleans o La Habana, así que el 20 de abril ya sumaba una tropa de asedio de 7800 soldados de tierra y mar.

Desde el 4 de mayo se sucedieron los combates, unos por debilitar y penetrar en los fuertes y los otros por sabotear las posiciones sitiadoras. Cuatro días después, un obús impactó abriendo una gran brecha en el Fuerte de la Reina propiciando la entrada de la tropa española en su interior. Los británicos se vieron entonces perdidos y capitularon, escapando unos 300 soldados en dirección a Georgia. En los siguientes meses tomó Las Bahamas con una escuadra mixta española-estadounidense para cerrar el paso a los posibles refuerzos británicos. Esta victoria supuso la recuperación de La Luisiana y La Florida para la Corona Española y el debilitamiento definitivo de los británicos en el Sur de Norteamérica, acelerando la toma de los territorios donde se dirimía la Independencia por parte de los insurgentes. Georgia se liberó de los británicos al año siguiente, aunque sería el último territorio de las 13 colonias en formar parte de La Unión, unos seis años después de esta batalla.

El reconocimiento a Bernardo de Gálvez le llegaría por parte de la Corona Española y también por el nuevo país que se fundó en gran parte por su ayuda. Un condado y una ciudad de Texas lleva su nombre (Galveston), uno de los puertos algodoneros más importantes del siglo XIX. También numerosas poblaciones, calles, plazas y estatuas del sureste norteamericano recuerdan su nombre. En los inicios parlamentarios de los Estados Unidos, el mismo George Washington, siendo ya Presidente, lo nombró Ciudadano Honorario de los Estados Unidos de América, título que solamente se ha concedido a otras 6 personas en la Historia. Además “ordenó” que su retrato luciera en lugar destacado en el Capitolio junto a los Padres de la Nación, algo que parece cumplido en el año 2014, y digo “parece” porque no creo que luzca en dicha la sala principal. Dicho honor concedido puede compararse al que se le dio en España cuando el Rey Carlos III le concedió los títulos nobiliarios de Conde de Gálvez y Vizconde de Gálvezton en 1783. Como dato curioso: también se galardonó con honores militares a un tal Miranda, que luego traicionaría a los que le pagaban y sublevó a los mejicanos hasta conseguir su independencia.

Lo más impresionante del reconocimiento fue que no surgió del clamor de Justicia por los propios estadounidenses que conocen bien su Historia, ni tampoco por los historiadores que elevaban las reivindicaciones incansablemente al Congreso y al Senado de las Estados Unidos, con pruebas manuscritas originales y que daban derecho al honor del malagueño heroico en lo más alto del recuerdo junto a ese 14 de Julio, fecha que también se celebra en el pueblo natal de Bernardo de Gálvez. Lo curioso es que ha tenido que ser una “terca” ciudadana de a pie, Teresa Valcarce, que dispone de la doble ciudadanía española-estadounidense, y reside en Washington D. C., la que consiguió a base de insistir, que el Congreso de los Estados Unidos cumpla por fin su promesa, algo para mi más grandioso que cualquier tratado entre naciones firmada por cualquier país y éste, ya que la Historia nos demuestra que nunca cumple lo pactado (a menos que reciba algo en compensación).

El Conde de Aranda vaticinó que los Estados Unidos nos traicionarían. Numerosos personajes de la Política han sido también inteligentes, en todos los bandos beligerantes en la Historia, a la hora de analizar cada momento dado, pero la mayoría de las veces se siguió un consejo equivocado de “interesados”. Los más afortunados a este respecto han sido siempre los ingleses pues, hasta cometiendo errores flagrantes, han sabido convertirlos en victorias a ojos crédulos. Los Estados Unidos olvidaron enseguida la ayuda española, una ayuda que empobreció a los pobres, por supuesto y valga la redundancia. Los Estados Unidos nacieron por los comerciantes y sigue siendo un simple mercado grande (el poder del dinero). Comenzaron adueñándose de las rutas y puertos comerciales españoles: algodón, azúcar, etc., y como eso no fue suficiente, se adjudicaron los territorios continentales “a las buenas o a las malas”. No contentos con ello, nos declararon la guerra en 1899, ¿cómo? Pues si, nuestro “hijo” se hacía mayor y ya retaba a su Madre Patria, porque, aunque ellos no lo quieran, la mitad de los Estados Unidos perteneció a España hasta hace dos siglos. Más de 50 millones de ciudadanos estadounidenses hablan español para demostrarlo. Su guerra fratricida contra el padre inglés, terminó contra la madre española, que le dio la vida también.

Todavía se empeora la cosa cuando se observa que se acoge a las empresas estadounidenses como si nada a principios del siglo XX, a pesar del robo de Cuba y Filipinas. España no siente rencor. Se contratan materiales y constructoras para el tendido eléctrico y telefonía, se le compran las materias primas que antes teníamos “gratis” o a bajo coste en las Colonias. Pero llega nuestra Guerra Civil y, que yo sepa, su ayuda a la población necesitada fue menos que simbólica. Tras la II Guerra Mundial, inunda Europa de dólares con el Plan Marshal, pero a nosotros, lo poco que nos entrega, lo pagamos con bases militares, deuda o con divisas al contado. Cuando nos dispusimos a proteger nuestro Sáhara Occidental nos vemos obligados a retirarnos porque los Estados Unidos se ponen de parte de Marruecos. ¿Habrá conseguido Teresa Valcarce lo que ningún Gobierno Español ha conseguido nunca? ¿Habrá conseguido cambiar el odio estadounidense contra España, el país que le dio las alas para despegar, por reconocimiento a la verdad histórica?

A finales del 2019 fue Teresa Valcarce galardonada en la Embajada de España en Washington D. C. con la Orden del Mérito Civil concedida en 2017, la más alta condecoración que una persona de a pie, normal y corriente, puede recibir de las Autoridades Españolas. Me ha parecido oportuno e importante, porque Teresa representa a todos aquellos españoles anónimos, a nuestros antepasados que sufrieron penalidades por ayudar a unos territorios que les eran ajenos. Del mismo modo que nuestros tatarabuelos pagaron los platos rotos de una guerra extranjera, incluso con sangre, pues muchos soldados que combatieron eran españoles, y se han mantenido apartados en el viejo y destartalado baúl de la Historia, con el reconocimiento a Bernardo de Gálvez, España va recuperando el auténtico papel que tuvo durante tres siglos, como primera potencia económica y militar del mundo, papel ensombrecido por grandes naciones que intentaron imitarla, del mismo modo que ahora los Estados Unidos y antes el Reino Unido, sufrieron y sufren la envidia del resto. Ya va siendo hora de contar verdades históricas y dejar de lado de una vez las leyendas negras.

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