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La configuración del mapa político europeo en el siglo XVI tuvo como punto de inflexión una gran batalla que se disputó entre Francia y España, de una sucesión de batallas ocurridas en la década de los 1550s. La Batalla de San Quintín (1557) fue determinante por su resultado, aunque sería un año después, tras el desenlace de la Batalla de las Gravelinas, cuando el francés reconoció por fin la superioridad bélica del Imperio Español de Felipe II y capituló.

Pero tanto franceses como españoles no reclutaban soldados al azar ni levas de soldados inexpertos para sus batallas importantes, así que la guerra era más bien un “derroche de recursos y alianzas”, una exhibición de poder de los dos monarcas más influyentes de aquella época, así que sería Enrique II de Francia quien acabó arrodillado en una capitulación que duraría casi un siglo. La intervención en ambos ejércitos de mercenarios de toda Europa, convirtió un alarde de poder entre monarcas en una guerra europea, aumentada también por soldados enviados desde el Imperio Otomano, aliados del francés. Curiosamente, los protagonistas de esta batalla crucial, es decir, los mandos de ambos ejércitos, terminaron pronto malparados, unos en el campo de batalla y los otros por la política de intrigas que se orquestaron en las cortes europeas.

El teatro de operaciones en la época no era ni España ni Francia. Desde hacía décadas existía una gran tensión en los territorios que hoy en día configuran Italia. El Milanesado y el Reino de Nápoles eran administrados por gobiernos elegidos desde España, pero los Estados Pontificios siempre quisieron, desde Roma, la disminución e incluso la eliminación de la administración española en beneficio propio y dominar la “Bota”. Siempre se usaba la amenaza de una intervención francesa en apoyo pontificio, algo que ocurrió en diferentes épocas. Pero Enrique II de Francia llegó más lejos, aliándose con el Papa Pablo IV, incursionó un gran ejército en dirección a Roma y Nápoles, amenazando al Milanesado y también la propia Nápoles. Las fuerzas imperiales estacionadas en Italia, al mando del III Duque de Alba, desbarataron los planes franceses de invasión, aunque en un principio, todo parecía suponer que las cosas rodaban a favor francés.

La respuesta de Felipe II debía de ser contundente, tal y como hizo ya en su día su padre el emperador Carlos. Enrique II jugó sus cartas con mucha ventaja, y era conocedor de los límites de ambos ejércitos, pero la respuesta del monarca español fue inesperada para él, pues no sería en Italia donde se plantearían todas las batallas importantes. Fue en esta década cuando Felipe II se ganó el apelativo de “El Prudente”.

La primera maniobra de Felipe II fue “exigir” de su esposa María Tudor, reina de Inglaterra, una cuantiosa colaboración. A cambio, el Emperador protegería los dominios e intereses ingleses en el continente, sobre todo Calais, un paso crucial en el Canal de la Mancha y que los franceses vindicaban para sí desde hacía siglos. Además de un buen contingente de mercenarios ingleses y parte de su reputada caballería, con un total de 7000 hombres, consiguió un donativo de 9000 libras, dinero necesitado para pagar la soldada y logística de una guerra que podía arruinar todavía más las debilitadas arcas imperiales. La Deuda adquirida por su predecesor, el emperador Carlos, era un escollo insalvable, una deuda que ascendía a 6 millones de ducados, así que banqueros y prestamistas se mostraban reacios a una ampliación del crédito.

Construcción que Felipe II mandó erigir en memoria a la Batalla de San Quintín: El Escorial.

Sabido era que los envíos de oro y plata regulares desde los dominios de ultramar servían para el mantenimiento del Imperio Español. Pero los convoyes no siempre llegaban, pues la travesía desde Mexico o La Habana, que a su vez debían esperar los cargamentos desde distintos puntos de América, sufrían las inclemencias del tiempo y los retrasos muchas veces se contaban no por meses sino por años. Al menos dos grandes convoyes que se hundieron casi en su totalidad, en tiempos de Carlos, serían los precedentes motivadores de la heredada Deuda felipina. Pero en esta ocasión, el Galeón del Oro llegó intacto a Sevilla y costa gallega (fue un secreto dónde se descargó el “tesoro verdadero”), justo a tiempo, garantía suficiente para que el Emperador renegociase dicha Deuda y consiguiese más fondos para su empresa bélica.

Curiosamente, tanto Enrique II como Felipe II contaban entre sus soldados con mercenarios alemanes. El primero contaba con casi 12.000 para sus luchas en Italia y defensa del Reino, pero Felipe II contaba con más de 20.000 soldados alemanes de infantería y algunos miles de caballería, acuartelados casi todos en Flandes. Los franceses contaban también con tropas italianas provenientes de los Estados Pontificios y se sumaron un número indeterminado de otomanos, que no siguieron llegando más tras las derrotas francesas en suelo italiano. El sultán otomano prometió más de 10.000 soldados, pero no llegaron más de 5.000 por falta de pago francés.

Del ejército reunido por Felipe II en Flandes para la invasión de Francia, solamente el 10 % eran tercios españoles, es decir, unos 6.000 soldados veteranos de los Viejos Tercios de Nápoles. Aun así, protagonizaron todos los episodios bélicos fundamentales, demostrando un desarrollo técnico con la arcabucería y una destreza en sus maniobras que desequilibró cada combate siempre a su favor. El resto, hasta 60.000 soldados, eran valones, flamencos, borgoñones, saboyanos, húngaros, italianos más una mayoría de alemanes, aunque 15.000 de ellos no entraron en combate, ni unos 3.000 ingleses, que fueron la fuerza de reserva que esperó en Bruselas bajo las órdenes del mismísimo emperador Felipe II.

El sitio a la plaza fuerte de San Quintín comenzó el 2 de Agosto de 1557. Era y sigue siendo un camino directo hacia París desde Bruselas. 42.000 soldados tomaron posiciones y se instalaron 80 piezas de artillería. Unas 12.000 unidades de este contingente eran de caballería. Manuel Filiberto Duque de Saboya, primo del Emperador, se puso al mando supremo de las tropas. El grupo más temible de la época, el Tercio de Saboya, con sede en Badajoz, se situó en el ala izquierda bajo las órdenes de Alonso de Navarrete. En el ala derecha españoles y alemanes al mando de Alfonso de Cáceres. En el centro se situaron españoles, borgoñones e ingleses bajo las órdenes de Julián Romero. Tras ellos, se mantuvo agazapada la caballería flamenca de Lamoral, Conde de Egmont.

Las tropas francesas se apresuraron para la defensa de San Quintín, pero se cometieron errores que luego pasarían factura. El primer error se repitió como a lo largo de la Historia de Europa: la prepotencia francesa, que lo ha llevado siempre a la derrota, salvando la época gloriosa de Napoleón. Este exceso de confianza calculó a la baja el poderío Imperial, así que reunieron un ejército de 30.000 soldados bajo las órdenes del Duque de Montmorency. Manuel Filiberto envió tropas españolas de distracción a la zona de Guisa y en principio allí se dirigió el ejército francés, cayendo en una trampa innecesariamente, si su prepotencia les hubiese permitido explorar con más efectividad los movimientos rivales. Cuando llegaron a San Quintín las tropas españolas solamente encontraron una guarnición de unos 500 hombres (llegados a toda prisa por la noche) y el ejército francés se encontraba lejos, reaccionando tarde y sin ninguna ventaja estratégica. Los franceses se acercaban con 8.000 unidades de caballería en vanguardia, tras ellos avanzaba una lenta infantería con 18 cañones. El río Somme y el puente que lo cruzaba al norte de la localidad, sería la posición estratégica que determinó el desarrollo de la batalla.

La batalla que se iba a disputar ha llegado a nuestros días en forma de dicho: “se arma la de San Quintín”, se suele decir cuando se avecina un lío grande. Y en esa época se siguió en Europa como se siguió la de Waterloo más de dos siglos después. El 10 de Agosto comenzaron las hostilidades entre los dos ejércitos. El almirante Coligny configuró sus tropas para un choque conjunto, pero los mandos españoles tenían ya trazados sus planes y dirigieron la batalla de tal forma, que ninguna otra batalla grande en la Historia ha terminado con una victoria tan rotunda y con menos bajas para el atacante.

Dicho 10 de Agosto, Montmorency, tío de Coligny, mandó avanzar un ejército de vanguardia de unos 5.000 hombres para intentar reforzar la defensa local. Intentó cruzar el Somme mientras el grueso de su ejército esperaba en el bosque de Montescourt. Pero, en vez de mantenerse expectante, de pronto ordenó el despliegue en dos líneas de todo el grueso para apoyar el avance de la vanguardia. Esta impaciencia se dice que estuvo motivada por el profundo desprecio que sentía por su homólogo español Manuel Filiberto. El error de movimiento fue aprovechado inmediatamente, pues al cruzar el río la vanguardia, se vieron de pronto emboscados por un terrible fuego de arcabucería de los Tercios desde la orilla izquierda. Apenas llegaron 200 hombres vivos a San Quintín de toda la vanguardia enviada, convirtiéndose en una matanza impresionante. El mismo general Andelot, al frente de dicha vanguardia, resultaría herido de gravedad.

La caballería del Conde de Egmont cargó contra el flanco izquierdo del indeciso ejército de Montmorency, sembrando la incertidumbre, pues no sabían si avanzar o retroceder. La caballería francesa cargó tarde en apoyo de aquel flanco, pero sembró todavía más incertidumbre, movimiento que aprovechó Egmont para cargar varias veces ordenadamente y con efectividad. Por fin los franceses se retiraron hacia el bosque con numerosas bajas. El general francés pensó desde un principio que el puente y su estrechez sería un gran aliado para sus maniobras, pues no creía que los españoles intentasen formar un embudo para cruzarlo, pero de nuevo se equivocó, viendo con estupor que las tropas españolas cruzaban rápidamente, encarando el bosque en orden de batalla. Así que no tuvo más remedio que desarrollar su ataque desde un bosque colapsado de tropas francesas muy desorientadas.

La caballería de Egmont continuó hostigando el flanco izquierdo y retaguardia francesa. El ejército español avanzó con gran violencia en todo el frente. La arcabucería causó tantas bajas en tan poco tiempo, que los 5.000 alemanes que luchaban en el bando francés se rindió en masa. Mientras tanto, la artillería española bombardeó sin descanso sobre el centro del ejército francés. Sea por proyectiles, por lanzas o espadas, cualquier intento francés por avanzar era totalmente inútil bajo aquella superioridad posicional y tecnológica española. El mismo Montmorency se abalanzó a la desesperada cuando vio todo perdido, pero no encontró la muerte, ya que el burgalés “Sedano” consiguió apresarlo vivo y cobrar la recompensa que ello conllevaba (10.000 ducados).

Unas fuentes hablan de 300 o 500 bajas entre el ejército español, y otras sobre las 1.000, pero ninguna fuente supera dicha cifra de muertos. En cuanto a los franceses, se contaron en más de 8.000 muertos y más de 6.000 prisioneros, además de 2.000 heridos. Apenas unos centenares de soldados consiguieron huir hacia París. Se contaban entre las bajas una representación de casi toda la aristocracia francesa, con más de 900 nobles, entre los cuáles se encontraban, por ejemplo, el duque de Montpensier, de Longueville, el príncipe de Mantua o el Mariscal de Saint André.  En cuanto a los alemanes que se entregaron durante la lucha, se liberaron bajo la promesa firme de no participar durante 4 años al menos como mercenarios de ningún ejército francés o aliado de los mismos.

 

El 27 de Agosto la plaza fuerte de San Quintín, a pesar de la aplastante derrota campal, continuaba en manos francesas. Felipe II ordenó su asalto y tres columnas: española, flamenca e inglesa, apoyados por un intenso cañoneo, tomaron al fin a los sitiados, capturando al almirante Coligny y a los nobles que lo acompañaban. También escarmentaron a los que no entregaron la plaza de manera pacífica, siendo pasados a cuchillo la mayoría de defensores. El rey “Prudente” tuvo la oportunidad de invadir París, pero fue convencido por sus consejeros de regresar a Bruselas y plantear la estrategia a seguir, dependiendo de lo que ocurriera en los demás escenarios de la guerra.

La repercusión en Francia de esta batalla fue catastrófica a todos los niveles. Sumió al país vecino en una crisis comparable a una guerra civil. Todo se agravó más tras el Tratado de Cateau-Cambrésis, firmado en Julio de 1558. No solamente dejaba a los franceses malparados geográficamente, sino que en las celebraciones de la Paz con España, Enrique II de Francia murió en un torneo cuando se enfrentaba contra el conde de Montgomery, insertándole su lanza en un ojo accidentalmente. Si para España se cuenta dicha época como victorias en todos los campos de batalla disputados por el mundo, los franceses las cuentan como desgracias, a pesar de ser una potencia económica de primer orden.

La supremacía española seguiría otros dos siglos y medio más, configurándose como la primera potencia mundial en todos los sentidos, y sería precisamente en Flandes, sobre la década de los 1680, cuando comenzó su declive, agravado por una Leyenda Negra que siempre ha estado presente en el colectivo imaginario de los europeos, plasmando en los libros de Historia solamente los hechos negativos españoles, en beneficio histórico de anglosajones, holandeses y franceses, que aparecen siempre como los “buenos de la película”. Científicos y exploradores, grandes estadistas, filósofos, literatos y artistas, marinos, militares, médicos, comerciantes que revolucionaron el mundo con sus productos agrícolas y nuevos cultivos, legisladores (primeros en redactar los Derechos Humanos, por ejemplo), el progreso durante más de tres siglos tiene como protagonista siempre a un español o a un ciudadano que residió en dominio español. Pero el resto de países europeos nunca han querido reconocer esta guía española durante tres siglos, guía que ha convertido al mundo en un modelo tecnológico en progresión continua, en lo que es ahora: lleno de cosas buenas y de malas, pues eso reúne el ser humano en definitiva.

 

 

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