El barniz es una resina transparente (puede ser natural o sintético) que se utiliza para proteger una superficie de la erosión de la intemperie y de la humedad. Se usa al menos desde el siglo V a. de C. para la madera en navegación por los griegos, y los egipcios la aplicaron para mantener distintos objetos mucho antes. También en Oriente se utiliza desde hace milenios y se cree que los coreanos fueron pioneros en su utilización para sus productos de artesanía. La superficie habitual que se trata con barnices es la madera, como vimos en un post anterior, pero su uso es interesante para otras muchas superficies, soluciones de acabado y protección, precisamente por ser incoloros, impermeables y altamente resistentes.

Dentro de los barnices se suelen clasificar a las lacas (piroxilina y nitrocelulosas de secado rápido), cuya composición química es distinta, pero su aplicación y acabado resulta muy similar. La base fundamental de los barnices actuales es el poliuretano, que le otorga la característica de impermeabilización y durabilidad a la disolución. Desde la Edad Media se usan barnices para proteger los lienzos y retablos artísticos, evitando el deterioro por distintos agentes provenientes de los ambientes y la decoloración acelerada de las obras. También se usan barnices para proteger objetos, ornamentales y urbanos, para darles protección y realce al mismo tiempo.

El barniz puede presentarse en tres formatos para su aplicación: disuelto al agua (acrílico), con disolvente y con aceite. En estas dos últimas décadas se ha impuesto el barniz al agua por su baja toxicidad al aplicarlo y poco olor, pero debemos tener en cuenta que su secado es más lento, sobre todo en los ambientes cercanos al mar o a focos de humedad en general. Dentro de los disueltos en disolvente, existe el barniz hidrófugo, que también escribí sobre él en un post anterior, barniz mucho más fuerte en olor al aplicarlo y con el que debemos tener cuidado de no inhalarlo. Precisamente está recomendado para la superficie que originó la idea de este post, pues resulta ideal para proteger los muros y paredes muy porosas, compactando la zona y evitar así el deterioro en general.

Los edificios con ladrillo cara vista sufren un deterioro apenas perceptible, por eso se piensa que no necesita de mantenimiento. Cuando las paredes de las fachadas se introducen en los balcones y terrazas de las viviendas es cuando notamos el desprendimiento paulatino del cemento, en forma de polvo que barremos a diario y de una arenilla anaranjada que proviene del ladrillo. El viento y la lluvia son agentes que erosionan constantemente. El viento cercano a la costa arrastra salitre y polvo suspendido a lo largo de kilómetros, impactando contra los edificios y erosionando las superficies. Si queremos cuidar al menos nuestra parte de fachada y no sufrir la erosión y decoloración, síntomas visibles de envejecimiento, podemos barnizar las paredes. Desde hace muchos años utilizo el barniz marino, al disolvente, ya que lo aplicamos en el exterior y no se sufren tanto los olores. Para el ladrillo que se pisa, tras una limpieza exhaustiva, podemos usar barniz para suelos y le daremos un aspecto y protección de lo más duradera.

Los barnices son transparentes pero también podemos elegir tintes para devolver el aspecto original a una zona decolorada y envejecida por el sol. También se comercializan en colores ya definidos. Se puede elegir también el grado de brillo: transparente por completo (mate), satinado o brillante. Por último, el barniz oscurece en principio cualquier superficie. Al fin y al cabo estamos hidratando y por eso su aspecto húmedo. En cierto modo puede resultar “viejo” estéticamente, pero los barnices de composición más reciente, sobre todo al agua, adquieren un brillo “metalizado” muy atractivo. Se aplica con las herramientas típicas: a brocha, rodillo o pistola, dependiendo del tamaño de la superficie a barnizar.

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