Una historia se puede contar de dos maneras, o copiando lo que otros han escrito, o narrando lo ocurrido por testigos presenciales, partícipes del momento. En la que respecta al Maestro Gustavo Pascual y a su gran composición “Paquito el Chocolatero”, las casualidades de la vida hicieron posible que mi padre y mi abuela fuesen los primeros en escucharla (fuera de su propia familia), momento al que nunca dieron importancia, pero que sin duda marcó el gusto por la Música de mi padre y el de sus descendientes. Ninguno de los presentes entonces imaginaría que esa alegre composición, que el Maestro compuso y tocaba a la guitarra, se convertiría en la canción española más universal y reproducida de la Historia, con unos royalties superiores a 60 millones de euros generados tan sólo en las últimas tres décadas por la SGAE.

A escasos 200 metros del centro urbano de Cocentaina, en la falda occidental de la subida al Castell de Sant Cristófol, existían unas casitas de campo que gozaban de un clima templado en verano y unos inviernos a resguardo de los fuertes vientos de Levante. Corría el año 1937 y, al menos dos veces por semana, a veces varios días seguidos, se escuchaba el terrorífico sonido de las sirenas avisando de un inminente bombardeo en la vecina ciudad de Alcoy, algo que ocurrió en al menos siete ocasiones. De pronto aparecían en el cielo cinco o seis aviones, casi siempre volando de oeste a este, y luego pasaban de largo o se escuchaban los estruendosos impactos sobre la población y zona industrial. Mi abuela y mi padre rezaban porque no causaran daños a las personas, tal y como ocurrió en su casa de la calle de La Purísima, cuando todo el edificio se convirtió en escombros, pero sin padecer pérdidas humanas. El único que no tuvo tiempo de ir al refugio sería mi tío Mario, que milagrosamente fue desenterrado bajo el hueco de la escalera, con la suerte de que quedara una rejilla descubierta para que entrara oxígeno. Lo único que se salvó del derrumbe fue la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, cuya bola del mundo que sujetaba se había desprendido y se hizo añicos, como una señal inequívoca de su Fin.

Al poco de declararse la Guerra Civil, a mi abuela la encerraron en prisión por intentar proteger y esconder a religiosos (su cuñada misma) que estaban siendo perseguidos por las milicias republicanas. Para que no se dieran casos de violencia “gratuita”, un bando municipal prohibía la asistencia a los templos ni oír misa, algo que mi abuela no estaba dispuesta a obedecer. Así que pasó más de 2 meses en prisión y la liberaron con la advertencia solemne de que si la volvían a detener, pasaría al paredón directamente. Mi abuela era viuda desde el año 1930, así que no podía ni pensar en dejar abandonado a mi padre, entonces con ocho años, así que dejó sus convicciones religiosas para otro momento y se escondió en la casita de campo de Cocentaina perteneciente a la familia de su marido fallecido. Antes de “escapar”, tuvo la osadía de vestir de marinero a mi padre para que tomara la Primera Comunión, todo un desafío para los momentos que se vivían.

 

La vida en la casa de campo era muy precaria: faltaba comida y debían caminar largo trecho para traer agua. Mi padre me contaba que se fabricó un arco y flechas para cazar por el monte, y más de un gato terminó en la mesa de la carnicería del pueblo, a falta de otras carnes. Desde la casita de campo vecina, se escuchaba a menudo el rasgueo de una guitarra, un magnífico acompañamiento para la soledad en la montaña. Mi abuela hablaba del “Mestre” con gran compasión, pues era de salud delicada y sufría grandes dolores a menudo. La época de la Guerra Civil no ha sido grata para nadie y muchos de los recuerdos son realmente espeluznantes. Mi padre me contó de ver desde su ventana, en la calle de La Purísima, tiroteos sobre el Puente de San Jorge, y ver apilados montones de cadáveres ensangrentados por todo su recorrido. Con razón las personas que vivieron tal atrocidad, luego preferían no contarlo.

En ese entorno revuelto y de violencia, me parece que solamente una persona “acostumbrada” al dolor puede sobrevivir creando arte. Ese fue el caso de Gustavo Pascual Falcó, que en aquel entonces rondaba los 28 años de edad. Por su crecimiento enfermizo y siendo el pequeño de la familia, desarrolló un carácter introvertido (mimado diríamos coloquialmente), también era muy serio y seguía a rajatabla los trabajos que emprendía con disciplina casi monacal, por eso sería prolífico en el mundo de la música, falleciendo poco después de la Guerra, en abril de 1946. Desde niño tuvo consciencia de su vocación por la música, haciéndose inseparable primero del clarinete, instrumento que dominaba a la perfección, siendo solista de la Banda con tan sólo 14 años de edad, asombrando a propios y extraños por su virtuosismo. También dominaba el piano (cuando le permitían salir) y la guitarra, instrumento con el que solía componer la mayoría de piezas. Cursó sus estudios musicales en el Conservatorio de Alcoy. Mi abuela y mi padre no presenciaron la escena que se ha convertido en leyenda, en la cual Gustavo le da a elegir a su cuñado Paquito de entre tres composiciones para regalársela, escogiendo la que todos conocemos, pero mi padre le escuchó atentamente mientras componía dichas obras, aunque no entrara en la casa del vecino. Pocas cosas más interesantes se ofrecían por aquellos solitarios parajes, más que cazar o escuchar al Maestro. A menudo lo visitaban, para intercambiar alimentos o tomar leche o infusiones de hierbas recogidas en el monte, momento mágico en que mis antepasados se deleitaban con el sonido de sus composiciones.

Con esta historia se resume la condición humana, la Historia del Mundo, donde no existen genios sin alguien quien los admire, y que tendemos a imaginar edenes cuando el creativo está realmente rodeado de caos y muerte. No serían posibles Mozart, Picasso, Napoléon, Jesse Owen, Churchill o Ghandi si nuestros antepasados no hubiesen compartido sus momentos, disfrutando de sus creaciones de forma altruista, por el mero hecho de contemplar la belleza, cada genio a su modo de interpretarla. Cualquiera de nosotros tiene un antepasado que ha compartido momentos de gloria, aunque ésta llegara siglos después de sus muerte. Paquito el Chocolatero cumple este año su 80 aniversario, como también la Guerra Civil, hechos antagónicos cuyos participantes de mi historia y de España en general pudieron experimentar al mismo tiempo, uno doloroso y el otro alegre. El maestro Gustavo iba para Grande de la Música, pero su enfermedad y una terrible Guerra le cortaron las alas. Medio siglo después su música se oiría en los cinco continentes, aunque su nombre nadie lo conoce. No te desanimes, porque todos somos genios en alguna materia, es la condición humana, somos capaces de lo mejor y de lo peor. No te quedes conforme con la historia que te cuenten, porque lo más triste es que todos vistamos el mismo traje negro.

 

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